Durante la E.G.B. la maestra le dijo a sus padres que «tenía dislexia, que no esperaran nada de ella». Ante esto se volcaron acompañándola en sus estudios. Así, esta niña disléxica se vio cursando tercero de B.U.P. con lengua castellana, gallega, inglesa, francesa, latín y griego. Siguió estudiando en la universidad y luego múltiples materias, convirtiéndose en la eterna estudiante. Inquieta, curiosa, versátil y muy optimista, esta joven autora de mediana edad abre una nueva etapa de su vida mostrándose a los demás a través de sus escritos.
Soy una mujer que está en esa etapa intermedia de la vida donde conviven juventud y experiencia, que reside donde la vida le lleva, siempre abierta a nuevas aventuras. Mi sentido de hogar no está limitado a un lugar físico, lo llevo dentro de mí.
Nací al final de la dictadura y crecí en una familia de clase trabajadora, con una madre que tenía trabajo remunerado, algo poco habitual en aquel momento. Siempre en la educación pública, llegué a completar estudios superiores. Aunque pude quedarme en mi entorno, decidí salir y enfrentarme a lo desconocido. Así pude entender otras formas de pensar y ver cómo se percibía mi propio contexto desde fuera.
Desde entonces he tenido claro que, en esencia, las personas somos muy parecidas. Nos mueven las mismas necesidades, inseguridades y deseos. La diferencia está en cómo los gestionamos y en cómo afrontamos la frustración. Por eso valoro la educación en un sentido amplio, no solo la formal, sino también la emocional, y considero imprescindible fomentar el pensamiento crítico desde edades tempranas.
Creo que mi afición favorita es comer. Comer a solas, en pareja, en familia, con amigas y compañeros, incluso con desconocidos que, tras esa comida o cena, dejan de serlo. Disfruto de la vida en todas sus formas: explorar, aprender y conectar con personas y culturas. La curiosidad me lleva a probar todo lo que me llama la atención, desde teatro a rugby o ballet. Me gusta estar sentada viendo crecer la hierba tanto como recorrer kilómetros descubriendo nuevos lugares. Me fascina comprender cómo piensan y sienten los demás, y encuentro placer tanto en la soledad, como en la buena compañía.
Diría que mi rasgo más sobresaliente es la curiosidad. Me pregunto por qué las cosas son como son, me fijo en la similitudes entre palabras de distintos idiomas y observo la forma de comportarse y expresarse de las personas. Me interesa escuchar las historias detrás de lo cotidiano y no dejo de sorprenderme con lo que otros consideran insignificante. No me quedo con una sola versión de las cosas, veo contradicciones, posibilidades, distintos puntos de vista, lo que a veces hace que tarde en tomar decisiones.
De niña, una profesora nos mandó escribir un cuento. El mío le gustó tanto que llegó a decirles a mis padres que quería intentar publicarlo. No volvimos a saber nada ni de ella ni del cuento. Supongo que quedó en nada. Yo, en realidad, ni lo recuerdo. Y, sin embargo, quizá ahí empezó todo. O tal vez no. Lo cierto es que apenas tengo recuerdos, no solo de la infancia, sino en general, pero no creo que escriba por eso. No me interesa tanto contar lo que pasa como lo que se siente. Escribo a partir de pequeños estímulos cotidianos como una canción, una frase escuchada al pasar, un gesto que veo en la calle o en el trabajo… De ahí surge una historia.
No sé si decidí ser escritora en un momento concreto. Más bien siempre he escrito para mí, como una forma de ordenar la experiencia y reflexionar sobre ella. Lo que sí recuerdo es el momento en que decidí publicar: una tarde que estaba paseando con mis amigas y comentando lo que había escrito la tarde anterior.
Alguien me dijo una vez que en mi forma de expresarme le recordaba a Juan José Millás. Yo lo había escuchado en la radio, pero no lo había leído. Busqué artículos suyos y, efectivamente, noté cierta semejanza. No sé si influyó en mí directamente, pero sí me reconozco en esa forma de observar lo cotidiano.
Hubo un tiempo en que leía todo lo que encontraba de Antonio Muñoz Molina, aunque nuestra forma de escribir no se parece. En realidad, no hay nadie que haya marcado mi estilo de manera consciente y, sin embargo, todos lo han hecho, porque todo lo que leemos, escuchamos y vivimos nos influye.
Es difícil elegir una sola obra favorita, porque en distintos momentos de mi vida me han impactado muchas y por motivos diferentes. Unas me atraparon por su prosa, la construcción de los personajes y la forma en que expresan emociones y conflictos internos. Algunas por la intensidad de la historia, por el estilo narrativo. Cada obra (me gustara o no) ha dejado su huella, aunque fuera de forma sutil, y todas han contribuido a cómo entiendo y practico la escritura.
Como sólo he publicado una, 48 y estoy a punto de publicar la segunda, 069, debería ser fácil elegir la favorita entre las mías, pero no lo es. Ambas son muy significativas: la primera por el hecho de serlo, la segunda porque percibo en ella una evolución. Ahora mismo estoy en un proceso de cambio y la tercera, si llega, será diferente y por ello también especial. Como con las obras de otros autores, cada obra es única y no quiero elegir.
Mi género literario se sitúa en el erotismo realista contemporáneo, con un lenguaje directo, explícito y de ritmo ágil. Mis personajes se definen por lo que hacen, por lo que desean, por cómo interactúan físicamente. En mis relatos el deseo irrumpe en la vida cotidiana, la desordena y se impone y el sexo no resuelve nada, solo deja más hambre. Escribo sobre la tensión entre el control y la pérdida del mismo, sobre relaciones entre poder y vulnerabilidad que se expresan a través del cuerpo, y todo ello con humor, incomodidad y una estética deliberadamente poco idealizada.
«A palabra é vida, é esperanza, é memoria», María Victoria Moreno
Actualmente no estoy trabajando en ninguna obra concreta. Escribo para mí, y no sé si llegará o no a publicarse. Hoy en día vivo en el extranjero y estoy centrada en aprovechar esta etapa ya que, en unos meses, volveré a trasladarme, con todo lo que ello implica.
Para mí, el mundo es algo que está tras una puerta de cristal. A veces lo observo desde dentro y otras la abro para explorar todo lo que tiene que ofrecer. Así se podría decir que mi mirada es contemplativa y abierta, pues me muevo entre la observación y la experiencia con curiosidad, empatía y respeto por las distintas perspectivas. Tiendo a retirarme cuando algo no me emociona o no lo comprendo, pero cuando algo despierta mi interés, me implico por completo.
