Puriq Santana

Tártaros de Stockborg. Editorial Adarve de EspañaPuriq Santana reside en la ciudad de Bogotá, donde está casado y, aunque hace un tiempo pasó el emblemático número 50, tiene suficiente vitalidad para escribir y vivir con ahínco otros buenos lustros más —aun si en este instante, al abrir la ventana, siente que un vientecillo lo ha resfriado.
Como su nombre sugiere, Puriq es un mestizo, producto clásico de la sociedad de su tiempo: la medianía total: medio indio, medio europeo, medio alto, medio bajo, medio ilustrado, medio ignorante, medio introvertido, medio extrovertido, medio trivial, medio profundo, medio triste, medio alegre, medio gozón, medio asceta, medio trabajador, medio vago, medio gordo, medio flaco, medio, medio… como síntesis, se puede decir que en el colegio representaba la medianía clásica del estudiante promedio, de tal forma que cuando los curas necesitaban ejemplificar esa medianía lo hacían subir al balcón que daba al gran patio principal de este plantel fundado por la Compañía de Jesús en 1604 y que en su momento y por casi cuatro siglos se decía era el «mejor» de este país, arengaban señalándolo con el dedo índice: «Así es como no deben ser ustedes, el típico estudiante que cumple con todos los parámetros de la medianía, Santana. ¡Sean de cualquier manera, menos como Santana!»
Los lectores ya han acertado, su característica sobresaliente ha sido no tener ninguna.
Dicho esto podemos seguir tranquilos.
Como la mayoría de su generación en Colombia, tiene orígenes en un pequeño pueblo y de allí, por el devenir histórico de la sociedad en que nació, llegó de niño con sus padres a la capital, al igual que varios millones de personas, representantes de ese país principalmente rural que fue Colombia y rápido se transformó a la fuerza en el caos urbano (que si no lo es por completo se le parece mucho) de hoy día.

Vista noctura de Bogotá Colombia. Editoriales españolas, Editorial Adarve

Vista nocturna de Bogotá, colombia

Como todo muchacho proveniente de la clase media media, entró a la universidad donde sacó (allí superó la medianía por excepción) las mejores calificaciones en sus asignaturas favoritas: Cafetería I, II, III, IV, V, VI… En todas las otras le fue medio medio. No estaba destinado para ser ingeniero.
Por razones de curiosidad cultural e intelectual, Puriq viajó a Europa porque al fin y al cabo nosotros éramos —somos— medio occidentales y en ese entonces, cuando los ricos colombianos querían ser como los ingleses, la clase media, como los gringos y los pobres y los pueblerinos medios como los mejicanos, algunos otros, los que ya comenzaban a saberse desclasados, no querían ser como ninguno de los anteriores pero sí sentían que había que ir al Viejo Mundo y, si bien la Madre Patria podría haber sido el destino natural (después la ha visitado en varias ocasiones), su aire enrarecido de aquella época no era, según él, el más saludable, por lo cual París fue, por descarte y por valor propio —o fama también—, el destino obligado.
Indiferente acogió la Ciudad Luz a este potencial ciudadano del mundo que quería ser su hijo medio adoptivo. Aunque lo logró solo a medias, sí le enseñó aspectos importantes de la vida que, aunque no ha podido decantarlos con precisión, hay uno marcadamente indeleble: ¡lo que es el hambre… revuelta con cultura!, un cóctel que ha sido saludable para Puriq.
Por vueltas que da la vida, emerge el medio golpeado Puriq en Nueva York y durante un lapso importante se informa un poco más a fondo, desde los socavones y de primera mano, sobre lo que son las entrañas del capitalismo. Aunque no es que el afecto entre Puriq y la ciudad los desborde, sí podríamos decir que se toleran respetuosamente y cada uno pone su media parte con decoro, hasta que se dan un adiós entre iguales —los dos supieron siempre que la relación era circunstancial.
Regresó a Paris y a su arrulladora hostilidad con los menos favorecidos económicamente, entre quienes se encuentra… Sí, Puriq. Situación que el andariego subsana —¡a medias!— con un buen curso teórico-práctico de Técnicas de faquir y por fortuna, una porción significativa para él de cultura general, buen cine (por muchos años quizás fue, junto con Moscú, una de las capitales del cine serio en el mundo), literatura, pintura, filosofía y horas de caminatas reflexivas.
Pero también llegó el momento de decir adiós —a medias— y decidió, por razones prácticas, subir hasta Estocolmo en un verano; le gustó, volvió a la entonces meca cultural a recoger algunos chécheres, regresó a la capital escandinava y se afincó en el frío.
Más cálida con Puriq a pesar de sus bajas temperaturas promedio, la organizada, hermosa y comparativamente pequeña, aunque cosmopolita urbe nórdica, estableció con él una relación profunda, duradera y, como toda relación amorosa seria, compleja, apasionada y tormentosa. Una buena cantidad de años en ella dan fe de estas aseveraciones. Pero, como ya dije, el sino de Puriq ha sido la medianía, esta volvió a manifestarse y así le surgió la pregunta: ¿será que soy medio colombiano y medio sueco?
Como respuesta se tuvo que plantear con toda la sinceridad y seriedad que una decisión vital para una persona medianamente madura puede significar: o se quedaba en Europa o regresaba a su país.
Optó por lo segundo y se sumergió en su sociedad.
Una vez en Bogotá recordaría cómo de niño, cuando llegó a la ciudad, descubrió el cine para dicha suya y de diversión infantil y luego adolescente pasó a ser eje de su existencia anímica como espectador; ya en Europa, como aspirante a director, logro que conseguiría en Estocolmo con un primer cortometraje.
Después vinieron otras películas cortas en Suecia y Colombia y dos largometrajes; películas todas que le han dejado deudas pero también, y sobre todo, satisfacción.
Como la literatura siempre estuvo ahí al lado del cine —de nuevo a medias— como parte esencial de su vida, un día decidió escribir un cuento y lo hizo. Aunque ya había escrito guiones para cine, poco a poco se dio perfecta cuenta de que un guion es eso, cine, y de ninguna manera arte literario; por eso al abocarse a ese primer cuento lo hizo con cierta aprehensión, pero una vez hubo comenzado, esta se esfumó. Luego vinieron otros cuentos desperdigados en el tiempo. Hasta que se decidió por una novela.
Antes de escribir ese primer cuento, Puriq se sentía atemorizado ante la escritura como arte o quizás experimentaba un equívoco pudor frente a los grandes que había tenido la fortuna de leer; si bien podía garabatear guiones para cine, la literatura no era lo suyo —creía— porque siempre tuvo muy claro que el guión es un paso en la construcción cinematográfica, una muy esquemática descripción de lo que podrá ser una película, que usa un lenguaje prestado, las palabras, pero no más. De hecho hay películas sin guión y él mismo ha hecho un par de ellas. Pero en algún momento y paradójicamente, tal vez por la misma influencia anímica que sobre él ejercían algunas grandes novelas que ha amado y ama, percibió que tenía dentro de sí un universo específico muy delimitado pero amplio y profundo a la vez que no podía ser una película porque no lo sentía como tal y decidió plasmarlo en esa novela que poco a poco se iba gestando y luego tardó, desde que comenzó su escritura, hasta el día oficial de la publicación, un lapso cercano a los once años y ahí está Tártaros de Stockborg.
Como bien lo expresa en la solapa del libro, para poderse dedicar a las lides artísticas, tanto en lo que a formación como a producción se refiere, Puriq ha trasegado por un buen número de oficios que le han proporcionado no solo el sustento, sino un muy alto porcentaje del conocimiento que a todo humano le provee de manera directa la escuela más importante, exigente e implacable que existe: la vida. Y es la vida el principal ingrediente de la creación artística.

Louis Ferdinand Celine. Editoriales actuales de España, Editorial Adarve

Louis-Ferdinand Céline, escritor y médico francés

Mis autores preferidos y por qué: Stendhal, Balzac, Conrad, Proust, Faulkner, Celine, Cervantes, Joyce, Pessoa, Rulfo, Dostoyevsky… Porque en las novelas —o cuentos— que de ellos me gustan, siento que escriben desde el corazón, como debe ser para mí el arte literario; si no es así, se convierte en preciosismo o tecnicismo lingüístico no más, o peor aún, en palabrería banal.
Ahora bien, el gusto o no por un autor está determinado por el temperamento de ese autor y el mío como lector, porque todo libro crea y/o encuentra sus lectores naturales, su universalidad no radica en que «le guste a todo el mundo» sino que, a través de ese temperamento específico, el autor se sintonice con el temperamento de ese específico lector en cualquier parte del planeta donde se encuentre.
En la comunicación artística el lector debe tener o adquirir el sustrato que le permita adentrarse en el mundo de esa novela a través de la propuesta formal, los códigos, que ella le entrega. Sin embargo, no sé cómo estos autores han influenciado mi escritura. Solo sé que han influenciado mi vida toda.

Rojo y Negro, de Stendhal. Editorial Adarve

Mi obra favorita de otro autor: Difícil. Muy difícil decirlo, porque no puedo establecer una escala del gusto pero cito así, espontáneamente, no una, sino varias (seguro se me quedan muchas por fuera): La cartuja de Parma y Rojo y Negro (Stendhal), Ilusiones perdidas y Esplendor y miserias de las cortesanas (Balzac), El Quijote (Cervantes), Viaje al fin de la noche (Celine), Lord Jim (Conrad), Sin remedio (A. Caballero), En busca del tiempo perdido (Proust), Crimen y castigo (Dostoyevsky), Doctor Glas (H. Söderberg), El viejo y el mar (Hemingway), Luz de agosto (Faulkner), El coronel no tiene quien le escriba (García Márquez)…
Son obras que rebozan vida. Pero como ya dije, es muy difícil, para mí, mencionar solo una.

Mi obra favorita de las que he escrito: Tártaros de Stockborg.

Mi estilo literario: Solo puedo decir que mi novela es una obra de ficción con fuerte anclaje realista y en su forma tiene varias facetas, que pueden incluir aspectos de thriller, novela social y novela psicológica, pero en su conjunto creo que es más que las etiquetas mencionadas.

Una cita de un autor que me guste: «Se debe haber escarbado toda la vida social para ser un verdadero novelista, pues la novela es la historia privada de las naciones», de H. de Balzac. (Traducción libre).

Obra en la que me encuentro trabajando en la actualidad: Otra novela que, presumo, me va a tomar un buen tiempo también.

Mis proyectos inmediatos: Vivir y escribir.

Algo sobre mi manera de entender este mundo: Difícil concretar semejante pregunta, pero voy a tratar de filosofar en profundidad… A ver… Perdón; escucho la voz de mi mujer que grita desde la cocina:
—¡Señor Santana, en vez de filosofar venga a lavar los platos!
Me toca, no hay de otra, adiós.

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