Raúl Tort

 

Soy oriundo de la ciudad de Buenos Aires, Argentina, donde transcurrió una parte de mi infancia. Este hecho me ha dado la impronta de porteño que ni mi pasaporte italiano ni mi actual nacionalidad española ocultan del todo. Viví también en el interior del país, en La Pampa, en un pueblo cercano a la estancia de mis abuelos y he pasado mucho tiempo en esa finca rural y en otras estancias argentinas, circunstancias que me hicieron, además, un poco gaucho. Nací a mediados del siglo pasado, pero siento que soy escritor del siglo veintiuno y —si Dios quiere— me quedan aún años por vivir y muchos folios por rellenar. Desciendo por el lado materno de conquistadores españoles y próceres americanos y por el paterno de españoles que se afincaron en Argentina, hicieron «su América» y engendraron una prole culta y burguesa. Hijo de un arquitecto y de una profesora de arte dramático, crecí en el seno de una familia numerosa y acomodada, rodeado de libros cuya temprana lectura me abrió un horizonte infinito. Me recibí de bachiller en el Colegio Nacional de Buenos Aires donde fui becado por mi promedio de notas y tuve la suerte de ser discípulo de Ángel Batistessa, especialista en Shakespeare. En sus aulas se forjó mi amor por la literatura. Luego me titulé de procurador, notario y abogado en la Universidad Nacional. Mi vida profesional fue extensa y los azares me llevaron a ejercitarla por diversos ámbitos geográficos, tanto de Sudamérica como de Europa. Me desempeñé como notario público durante más de quince años con escribanía de registro en la Capital Federal. Me dediqué también a las actividades rurales, siendo criador de ganado vacuno, ovino y caballar y productor de cereales, administrador y propietario de campos, entre aquellos mi querida estancia El Madrigal, en Córdoba y otra de igual nombre en La Pampa que nos dejaron mis abuelos y son el escenario de algunas de mis narraciones, junto con otra estancia, llamada La Verde, también perteneciente a mi familia, emplazada esta en La Patagonia y escenario de mi nueva novela. Como empresario abarqué diversos ámbitos de actividad, en particular los de la construcción, la consultoría y la producción industrial, en Argentina y accesoriamente en Chile. Presidí varias empresas y me acompañó largo tiempo el éxito profesional. También ejercí brevemente la docencia universitaria en la cátedra de derechos reales. Una época, rica para mí en lo material, me permitió usufructuar el panorama artístico y cultural del Buenos Aires de esas décadas, que creo irrepetible. Fueron los años de la nouvelle vague francesa, del neorrealismo italiano y del cinema novo brasileño que veíamos en cinematógrafos de culto, de la bossa nova y de los Beatles,  de los café concerts y de las boites exclusivas como Mau Mau y África (no de las discotecas), de

Panorámica de Buenos Aires

la bohemia porteña y de la eclosión del Instituto Di Tella y los artistas rebeldes. Los bailarines argentinos triunfaban en el mundo, los pianistas Marta Argerich y Bruno Gelber eran ya célebres, comenzaba el reconocimiento del director Berenboim, los arquitectos nativos construían edificios emblemáticos, Monzón abatía a Mantequilla Nápoles, Reuteman triunfaba en Nürburing, Argentina se coronaba en fútbol, los teatros estaban llenos, en las galerías abundaban las exposiciones y el tango tenía una nueva vida gracias a Piazzola. Yo tenía una mansión hollywoodense en el privilegiado entorno de San Isidro, me paseaba en el crucero Socaire por Delta del Tigre y Punta del Este, alentaba a mi yegua de carreras, Tarawa, y competía con el equipo de polo, denominado El Madrigal en Argentina y Uruguay. Como apreciarán, fue una vida de bon vivant que en algunas ocasiones añoro, una etapa en la que coleccionaba clubs elegantes, recibía en el Jockey Club lecciones de florete del ex campeón de esgrima de Francia, mantenía año tras año las butacas cinco y siete de la primera fila en las funciones de gala del Teatro Colón, aplaudía a Nuréyev, Margot Fontein. Baryshnicov o Maia Plisetskay, podía contribuir con instituciones benéficas y viajaba un par de veces, cada año, a mi apartamento en Nueva York o a esta querida Europa, para visitar museos y exposiciones y asistir a conciertos y espectáculos alojándome en los mejores hoteles y haciendo ¡ay! tantas cosas gratas que no están a mi alcance ahora. De esa inmersión en la vida de la alta burguesía (donde me sentía como pez en el agua) y del hecho fortuito que se frustrara por los avatares que tienen las finanzas, llegué a la conclusión de que la verdadera riqueza, esa que no puede perderse, está en los conocimientos adquiridos y en las experiencias vividas. Es verdad, no se trata de un consuelo como el de la zorra y las uvas. Fui también navegante. Guardo gratos recuerdo de mi velero, el Excalibur, y de otros como el Wonder y el Wonderfull, en los que fui tripulante y con los que participé en regatas internacionales. He practicado cuanta actividad deportiva se ponía a mi alcance, a lomos de un caballo, calzando esquís, raqueta en mano. Hoy solo soy golfista… Mis actuales pasatiempos son la genealogía y la heráldica. He sido un aficionado a la aeronáutica y poseí varios aviones, el primero de estos un Cesna 310 al que bauticé Tweety, y el último un Séneca ejecutivo que incluí en una de mis narraciones. La práctica me llevó a pilotar, dado que durante muchos años no pasaba semana sin tener que volar de un campo a otro. He viajado mucho y habitado en varios países. Hablo cinco idiomas con cierta fluidez y en mis años mozos me atrevía también con el latín clásico del cual hoy solamente aprovecho su base, que me ha ayudado a cimentar el castellano. El italiano, el portugués y el francés me resultan fáciles y el inglés arduo. Me doy el lujo de leer a muchos autores en su propia lengua. Como ya lo dijera en una presentación, he tenido la gracia de poseer una fortuna y el desparpajo de gastarla. Gocé de muchos bienes materiales, algunos frutos de mi trabajo y otros debidos a la suerte. Cuando resolví dejar la Argentina, después de mi colapso financiero, intenté radicarme en los Estados Unidos, pero al cabo de unos meses resolví que aquel no era mi lugar. Decidí entonces instalarme en España y vivir de las rentas del capital que conservaba. En esta, como descendiente directo que soy del Cid Campeador (tal como lo confirmaron mis investigaciones genealógicas), había estado siempre en mi corazón y me sentí como vuelto a casa. Primero habité en la Sierra de Guadarrama, próximo a Navacerrada, en un chalet vecino a la dehesa municipal de Collado Mediano, frente al cual pacía el ganado y me recordaba entonces un poco a la Pampa; luego me mudé a una casa en el elegante barrio de Pozuelo de Alarcón, Madrid, y un año más tarde a Mojácar, Almería, donde compré un ático suspendido entre la montaña y el mar y en cuya soledad era difícil resistirse al impulso de escribir. Tiempo después me trasladé a las Islas Canarias —casi un paraíso— habitando en Tenerife durante una decena de años, siempre cerca de la playa y bajo un cielo permanentemente azul. Finalmente (al menos eso pienso ahora), cambié mi residencia a Hondarribia e Irún, Guipúzcoa, donde, por contraste, la lluvia es frecuente y el cielo plomizo, pero están en el continente (o sea, cerca de todo) y literalmente a pasos de Francia, otro país que admiro. Me aboqué al oficio de escritor desde hace poco más de veinte años, suponiendo que podría aplicarme exclusivamente al «ocio creativo» de los romanos. Empero, tal labor literaria la compartí, pese a mi propósitos contrarios (el hombre propone y Dios dispone) con emprendimientos comerciales que, aunque no me depararon la satisfacción que brinda lograr un buen cuento o pergeñar un soneto, mantuvieron decorosamente mi economía hasta la crisis de la economía española. Ahora soy un pensionista que se dedica solo a narrar. Mi afición a literatura nació temprana. Tenía unos siete u ocho años cuando presenté a concurso unos folios pergeñados con motivo de la creación del escudo de la Provincia de La Pampa (antes una gobernación sin autonomía) y gané como premio una suma que me pareció extraordinaria porque me alcanzó para comprarme una bicicleta (era roja y la recuerdo como si la hubiera tenido ayer, con su farol de aluminio brillante, espejo retrovisor y

 

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges (1899 – 1986) fue un escritor de cuentos, ensayos y poemas argentino, extensamente considerado una figura clave tanto para la literatura en habla hispana como para la literatura universal.

la canasta adosada al manubrio). Gasté en el artilugio mis primeros ingresos como escritor, que no se repitieron hasta que Santillana adquirió uno de mis cuentos breves por la suma de cien dólares (que me pareció adecuada porque iba unida a su publicación en los manuales escolares). Obviamente, no ha sido el lucro lo que me impulsó a escribir. El ambiente familiar en el que crecí y los prestigiosos profesores que tuve me llevaron a ello, aunque hube de esperar muchos años antes de poder hacer un espacio en mis actividades crematísticas para sentarme frente al ordenador (antes hubiera dicho coger el papel y la pluma). Siempre fui un lector incansable y creo que mi gran maestro fue Jorge Luis Borges. Visitarlo en su casa fue una experiencia inolvidable. La última vez que lo vi le ayudé a cruzar la Avenida Nueve de Julio, en Buenos Aires, cuando titubeaba con su bastón frente al obelisco, los ojos casi ciegos. Varios cuentos míos como Laberynthos, Volar es para los pájaros y otros más, están estrechamente vinculados a su obra y en particular una narración a la que titulé Ficciones, donde relato un fin de semana ficticio compartido con el maestro y su amigo Bioy Casares, otro de mis autores preferidos. También sé que mi narrativa está influenciada por Manuel Mujica Láinez y Cortázar y por tantos otros autores cuya enumeración sería fatigosa. Tuve la suerte de vivir en Argentina en tiempos de su gran esplendor literario con Sábato, la Bullrich, Denevi, Ocampo, Marcos Aguinis, Manuel Puig, Marechal, Tomás Eloy Martínez, Beatriz Guido, César Aira, Abelardo Arias, Benedetti (porque los uruguayos son argentinos por adopción, como Gardel) y tantos otros literatos. No creo que vuelva una época tan pletórica en talentos como aquella. En América convivían entonces García Márquez con su realismo mágico, Alejo Carpentier y el joven Vargas Llosas. Todo el tiempo disponible era poco para tanto a leer. Si tuviera que elegir una obra favorita, probablemente sería el Segundo Sombra de Güiraldes o La Gloria de don Ramiro de Larreta. En España me entusiasmó el Pérez-Reverte de sus novelas iniciales. Mi parte de italiano se decantó por Ítalo Calvino y Humberto Eco, pero actualmente soy muy ecléctico y voy de un autor francés a uno norteamericano y de un inglés a uno ruso, sean clásicos o modernos, gozando de todo y desechando lo que no me atrae desde las primeras páginas. Yo Portada La flor de oro del caribe. Editorial Adarve, Editoriales que aceptan manuscritosempecé mis cuentos siendo niño… estaba en tercer grado de la primaria cuando dicté a mi madre En busca de la mujer blanca, un esbozo de novelita influenciada por las aventuras de Tarzán propaladas por la radio en un programa diario que, a las seis en punto, se iniciaba con los alaridos del héroe, siempre acompañado por la mona Chita. Muchísimo después y «gracias» al descalabro comercial que me privó de las empresas, me senté a pergeñar las primeras obras serias. Me presenté a concursos y logré me publicaran algunas. Santillana y Mac-Millan compraron unos pocos relatos para sus libros de texto y a partir de allí mi producción fue incesante, llegando a los trescientos cuentos, con algunos de los cuales gané varios premios que me impulsaron a seguir escribiendo. Una treintena de los premiados integran sendos libros que subí a Amazon. Mi primera novela la titulé Los juegos del Espejo, y la primera publicada fue Carreteras Secundarias. Le siguió La Flor de Oro del Caribe editada por Áltera y en este mismo mes de diciembre se publica El secuestro de Martín Pereda. En el dos mil veintiuno saldrán editadas El Príncipe de los Héroes y La conspiración del Ángel Caído. Actualmente estoy perfeccionando otra que titularé El cañadón del puma. Ansío publicar además La muerte tiene los labios rojos y El sueño de la razón, Las Aventuras de Bandara, para jóvenes, y Abbud el Mago, para los pequeños. Podrá advertirse tras los títulos la variedad de géneros de los que me sirvo: el histórico de La Flor de Oro y de El Príncipe de los héroes (basado en la vida del General Juan Galo Lavalle), el de la novela negra de El secuestro de Martín Pereda, de la temática policial de Carreteras Secundarias y La muerte tiene los labios rojos, el estilo de ficción fantástica de La Conspiración del Ángel Caído, el romanticismo inocultable de El sueño de la razón y el inclasificable trabajo Los sueños del Espejo. Cuando acabe la corrección de El cañadón del puma tendré que esperar que la inspiración me proponga otro tema. Una lectora amiga me ha dicho que en materia de cuentos estaba reiterándome, así que, salvo un llamado imperioso del numen, me dedicaré a la novela. En lo referente a poesía tengo pergeñado un frondoso poemario, del cual aprecio, sobre todo, a más de medio centenar de sonetos que reflejan mi ser. Se me pide elija una frase que me haya gustado en particular… pues bien, en mi cuento Molinos en el viento, Don Quijote, al expirar prodiga con los restos de su vitalidad que se extingue, su recién alcanzada sabiduría y entonces yo, como testigo, digo que «Las palabras fluyeron de su boca como la misma sangre que escurrió por la abierta herida hasta agotarse, pero ¡ay!, en voz tan baja e ininteligible, que ni su escudero, ni este cronista —que pasó casualmente por allí— pudieron recogerlas para la posteridad y, a fuerza de inaudibles, es como si nunca hubieran sido dichas».

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