Jean Garciant

 

Fotografía de Jean Graciant autor de Tabarnia en tiempos de Wamba. Editorial Adarve, Editoriales que aceptan manuscritosSoy, como ya he tenido la ocasión de señalar, escritor por amor a la literatura.

Me llamo Garciant Jean y vivo, desde hace más de 40 años, en la hermosa ciudad de Besançon, muy cerca de Suiza. Estoy casado, tengo dos hijos y tres nietos.

Tras un diploma de estado de arquitectura, he decidido volver a la Universidad para preparar un Doctorado de Español, en Literatura comparada, al tiempo que llevaba otros estudios paralelos de Historia del arte, que igualmente desembocaron en una tesis de Estado. Siempre me he sentido atraído por la docencia y los estudios han sido la quintaesencia de mi vida.

Sendos diplomas me han permitido enseñar la incomparable lengua de Cervantes a miles de estudiantes. Aunque ya esté jubilado, sigo enseñándola en la Universidad de Besançon, a adultos que, año tras año, animé a que se decidieran a recorrer las hermosísimas tierras españolas para que puedan verificar que la España de la que les hablo en mis cursos es una verdadera joya de arte y un suntuoso compendio de paisajes en los que viven seres altruistas y afables.

Debido a mis predisposiciones naturales, he practicado numerosos deportes en clubes y equipos: fútbol, balón volea, baloncesto y, en cuanto la edad, me ha hecho comprender que ya no estaba el cuerpo para la vida de equipo. Decidí subirme a una tabla de vela, deporte que practiqué durante veinte años así como catamarán (hobby 18), tanto en el Mediterráneo como en Bretaña, en el Atlántico, con profesores de deporte con los que compartí mi pasión profesional.

Vista panorámica de . Editorial adarve, Editoriales actuales de España

Panorámica de Besançon

Durante 37 años he podido ejercer mi oficio de profesorado tanto en la Universidad —con estudiantes que preparaban los diplomas nacionales para ser profesores de español— como en uno de los institutos más preciados del Franco Condado: el singular Lycée Pasteur. A los universitarios les enseñé la faz escondida en las obras maestras del arte hispano-americano y, a los estudiantes del Instituto, la sutileza de la lengua castellana, a través de las plumas más brillantes del mundo de la narrativa y de la poesía.

Por amor a mi trabajo, tuve la oportunidad de llevar a España, durante más de 25 años, numerosos grupos de estudiantes para que se familiarizaran con el país, su lengua y sus costumbres, sin olvidar el arte. Con ellos he podido visitar la mayoría de las Comunidades, en las que, ante todo, busqué, para alimentar sus espíritus con el pan de la sabiduría y de la ciencia, las obras de arte más representativas de cada una de ellas. Los Museos —las artes en general— han sido el aliciente que nos ha guiado por toda la piel de toro.

Pero, lo que personalmente me ha apasionado durante todo mi ministerio, ha sido el estudio sistemático de la mayoría de los autores clásicos españoles, desde los latinos Marcial, Séneca, etc., pasando por los inolvidables Poema de mío Cid, Gonzalo de Berceo, Marqués de Santillana, Jorge Manrique, etc., hasta la incomparable riqueza del Siglo de Oro y, luego, los numerosos e imprescindibles poetas y escritores del siglo XIX, hasta la generación del 98 y la del 27: Lorca, Hernández, etc.

Leopoldo Alas Clarin. Editorial Adarve, Editoriales españolas actuales

Leopoldo Alas «Clarín» (1852-1901, escritor y jurista español.

Lo mismo ha ocurrido con los pintores y escultores emblemáticos de las Artes Españolas, particularmente del Renacimiento y Siglo de Oro, así como los incomparables artistas del siglo XIX (Goya, muerto en Burdeos en 1828) y del siglo XX de los que sería vano querer citar los nombres de fama universal.

De los insignes escritores, el que mayor impacto tuvo en mi formación fue incontestablemente Leopoldo Alas, Clarín, cuya magnífica Regenta —tanto por la calidad literaria como por la profundidad de la mirada psicológica de las pasiones— me pareció muy superior a la Madame Bovary de Flaubert.

Una de las obras españolas que más me impactó fue La hermana San Sulpicio, por lo atrevido que resultó el autor en aquellos tiempos de oscurantismo y la alegría que se desprende de la obra.

No obstante, la que mayor influencia tuvo sobre mi compromiso literario, mi mirada sobre el mundo y el comportamiento humano fue, sin lugar a dudas, el voluminoso compendio de Balzac, La Comedia Humana, compuesta por unas cuarenta y dos obras maestras en las que hace el censo de las pasiones, vicios y virtudes de sus coetáneos.

Admiro, ante todo, el trabajo de Marguerite Yourcenar y especialmente su incomparable Las memorias de Adriano, en las que hallé la frase que me habría de perseguir durante muchos años y que remata el poético recorrido histórico del gran Emperador hispano: «Procuremos entrar en la muerte con los ojos abiertos». Comprendí entonces que de nada sirve vivir si no permanecemos constantemente atentos a nuestro destino; que debemos perseguir nuestro ideal hasta la muerte con los ojos abiertos para poder alimentar nuestro espíritu con lo imprescindible y no con lo superfluo.Portada del libro La regenta de Alas Clarin. Editorial Adarve, Editoriales que aceptan manuscritos

Seguramente, a raíz de tan excelsa obra comprendí que, si quería entrar en el mundo tan dilatado de la literatura, debía inscribir mis trabajos en el ámbito de la novela histórica, con una pizca de ironía, para salpimentar la existencia de mis personajes.

Siguiendo el ejemplo de Balzac —aunque a un grado infinitamente más bajo—, en mis escritos, procuro dar relieve a los antihéroes de nuestro mundo en perdición, adornándolos con las innumerables taras físicas y sobre todo morales que los hacen parecer lo contrario de lo que pretenden ser. Para que no parezcan más que seres ficticios, les insuflo las connotaciones irónicas o sarcásticas a la manera de Don Armando Palacio Valdés.

Es lo que hago actualmente, al momento de emprender el último volante de mi tríptico visigodo.

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