Juan G. González Meneses

 

Nací en 1965 en Madrid, siempre digo que porque mis padres pasaban por allí. Me considero andaluz y lo soy de sangre. Padre cordobés y madre almeriense. Soy vecino de Aguadulce, una localidad que pertenece a Roquetas de Mar, en Almería. Estoy casado y tengo tres hijos.

He pasado por muchos colegios a lo largo y ancho de la geografía española, hasta recalar en Zaragoza, donde estudié en su Facultad de Derecho. Tras la carrera, hinqué los codos un poco más y aprobé las oposiciones de registrador de la propiedad. Hoy ejerzo en uno de los registros de la propiedad de Almería, después de atravesar media España en mis primeros destinos.

He compaginado las leyes con mi pasión por el mar, lo que me ha llevado a sacar títulos náuticos, hasta llegar a capitán de yate. Y como no solo me gusta flotar, también soy rescue diver, buceador de rescate.

Junto a mi afición por la navegación a vela, que practico desde hace más de veinticinco años en mi propio velero, con el que atesoro varios miles de millas, en mi tabla de windsurf o con mi cometa de kitesurf, me gusta la nieve, donde procuro escaparme a esquiar todos los inviernos. Además, soy ciclista amateur desde mis lejanos años aragoneses, donde ya competía con un club ciclista.

Cuando me preguntan sobre mi truco para llevar adelante tantas cosas y, por si no era suficiente, escribir novelas, mi respuesta hace referencia a mi capacidad de trabajo. No me asusta emprender nada nuevo y me dedico a ello con empeño. No me falta fuerza de voluntad y capacidad de concentración, que también ayudan. Si a lo anterior añado un optimismo inquebrantable, obtenemos el cóctel perfecto del que piensa que el futuro siempre será mejor. Tengo fe ciega en mis posibilidades, pero no de modo irrazonable. Lucho por conseguir alcanzar mis metas y lo hago sobre la base de unos cimientos que procuro construir con la mayor firmeza. El esfuerzo del trabajo siempre te lleva a la recompensa. El éxito sin esfuerzo es efímero.

Escribir ha estado siempre ahí. Quizás porque deseaba contar a los demás mis experiencias. Lo he hecho desde que tengo uso de razón. Ya a los diez años empecé mi primera novela y todavía no me he cansado. Como cualquier otro oficio, a escribir se aprende escribiendo. A eso me he dedicado a lo largo de mi vida. A la pregunta de por qué escribo, respondo con sinceridad que porque no puedo dejar de hacerlo. El efecto saludable de semejante perseverancia es que he ido mejorando mi arte de ordenar palabras. O eso escucho de vez en cuando.

No se puede escribir sin leer. Por fortuna, yo he sido un lector empedernido desde mi primera cartilla. Abrí los ojos a esos mundos paralelos de la mano de los autores que un niño jamás debería desconocer. Stevenson, Salgari, Verne, que alternaba con Enid Blyton, Richmal Crompton y, más adelante, con los clásicos.

Me impactó la saga de El Señor de los Anillos cuando cayó en mis manos a los catorce años. Antes me había introducido en el mundo fantástico de la ciencia ficción, con autores geniales como Asimov, Philip K. Dick, Bradbury, Niven y tantos otros.

Al final, tropecé con la novela negra, muy joven también, gracias a la espectacular Agatha Christie. Con el tiempo, leía cualquier cosa que mereciera la pena.

De aquellos años no puedo dejar de destacar las obras de Asimov. Marcaron mi idea de la escritura como algo que debía buscar el entretenimiento del lector por encima de cualquier otra consideración. Me gustaba su humor, su buen hacer y, en especial, su sorprendente imaginación. Hacer creíble lo inverosímil me subyugaba. Yo quería ser como él.

Y junto Asimov, Tolkien. El mundo que diseñó me mostró que se podía llegar más allá sin salir de un único lugar. Su épica me trasladaba a las obras de Homero. Sus personajes, su concepto del honor, del bien y el mal. Todo ello formaba un entramado en el que entrabas con suma facilidad y del que resultaba muy difícil escapar. Pasaba días andando por el mundo real, como si estuviera en mi propia misión por la Tierra Media.

De los dos he querido tomar la importancia del diálogo para dotar de frescura a mis textos y el intento de introducir al lector en el ambiente con muy pocas pinceladas descriptivas. De Picasso, he hecho mía una de sus geniales frases: La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando. Así es como escribo.

No me agrada elegir una sola obra como predilecta. Cuando lo hago, pienso que El Señor de los Anillos debería estar por ahí. Pero pienso que es injusto relegar a la segunda posición obras con las que he disfrutado desde siempre. Por eso rechazo establecer este catálogo de mi obra preferida.

Cuando trato de organizar una clasificación semejante con mis propias obras no tengo tantos problemas. Soy muy crítico con lo que escribo y pienso que lo mejor está por venir. De modo que mi mejor obra está todavía por escribir. Cada novela me enseña algo que mejorar y que procuro aplicar en la siguiente. Pese a ello, hay una novela mía de la que me siento orgulloso de una manera especial. Está acabada, corregida y aceptada incluso por una editorial cuyas condiciones no me convencieron. Yo la llamo, a pesar de que me dicen que es poco comercial, El improbable diario de Julius el Torpedero. En ella cuento, en forma de diario, el día a día de un submarino de combate, que remonta las aguas de un río en una selva amazónica en una misión surrealista. Es una novela intimista, donde nada es lo que parece desde el principio al final. El protagonista abre su alma y permite que la diseccionemos en su particular viaje a la locura conradiana.

Hablar de ella me permite hablar un poco de la clase de novelas que me gusta escribir. Con editorial Adarve he publicado Esclavos del Mar del Sur, novela histórica, ambientada en el siglo XVI. Es atractivo escribir sobre hechos reales, desconocidos para la generalidad del público. Me siento divulgador de episodios que me interesa destacar en un momento dado. Llevo bastante avanzada otra novela sobre las Cruzadas.

Junto a esta clase de novelas, he hecho unas cuantas incursiones en la novela negra. Prefiero decir que mis novelas negras son, más que negras, negrísimas. Disfruto jugando con lo sobrenatural. Escribo en esta línea una saga, de la que he autopublicado ya tres títulos, que tienen como protagonista a un abogado de Almería. Es especialista en enfrentarse a los crímenes más alambicados, de la mano de su amigo, el inspector jefe de la ciudad. Ahora mismo, tengo dos novelas de esta serie en producción, como me gusta decir. Ambas bastante avanzadas.

Al lado de estas novelas, la ciencia ficción que nutrió mis orígenes me ha llevado a empezar otra saga en este género. A finales de este extraño año 2020, durante el mes de diciembre, he puesto el último punto a la primera novela de esa saga, que pretendo extender por otra serie de volúmenes. Cuento la vida de un chaval de quince años que se va abriendo al mundo desde que decide escapar de casa. Se trata de una historia de aventuras, de las de toda la vida, que me sirve de entretenimiento para «desintoxicar» la mente cuando salgo de una obra que me ha hecho trabajar con enormes cantidades de documentación, como sucede en la novela histórica. En esta saga la Historia y sus escenarios son producto exclusivo de mi imaginación, lo que me da libertad para escribir sin necesidad de ceñirme a «lo que de verdad ocurrió».

Escribir ciencia ficción no significa que no haya documentación. Inventar la Historia, crear un mundo desde la nada, exige estudiar mucho. Requiere analizar, en lo físico, problemas de geografía, meteorología, oceanografía, física, matemáticas. Por no hablar del esfuerzo de pergeñar una Historia para un pueblo, para una humanidad determinada, que se sostenga con un mínimo de credibilidad. Hay que saber algo de política, economía, sociología, religión…

Esto me lleva de nuevo a los orígenes. La palabra que resume lo anterior es una sola: cultura. Hay que acumular un bagaje de cultura lo más completo posible. Y a eso solo se llega mediante una lectura concienzuda e ininterrumpida.

Hablar de la lectura me obliga a decir algo sobre nuestro mundo actual. Soy optimista sobre el futuro de la literatura, incluso en el rápido mundo que nos rodea, donde parece que nadie tiene tiempo para detenerse a leer con tranquilidad. Sé que hay mucha gente que, como yo, escribe porque no puede dejar de hacerlo. También sé que hay lectores ávidos al acecho de nuestras novedades.

Lo anterior no me impide tomar conciencia de los cambios que está experimentando nuestra forma de relacionarnos con la cultura. Mis hijos se encargan de que no pierda ese nuevo punto de vista. Salvo excepciones, nuestra juventud no lee. De hecho, manifiesta sin rubor no haber leído un libro en su vida.

No me parece tan grave. Si no quieren leer un libro, hagamos que lo vean. Escribamos obras que puedan adaptarse con facilidad y se conviertan en guiones excepcionales. Cuando la pena me embarga, al constatar que nuestros jóvenes jamás pasaron miedo cuando se acercaba el pirata John Silver, o se emocionaron con las peripecias del capitán Ahab, pienso que, a cambio, disfrutaron de películas que habrían hecho felices a nuestros autores de referencia. Hoy es el cine el que genera esos mundos paralelos.

Los escritores no hacemos otra cosa que inventar historias. Detrás de cualquier guion hay un escritor. Por eso veo con esperanza nuestro futuro como escritores. Cada vez se hacen más películas, series, documentales. Me gusta pensar que mi trabajo sirve para llenar de material el sueño de muchas personas. Para abrir una ventana que les permita asomarse, al menos, a una realidad distinta de la que tienen bajo sus pies. Les invito a acompañarme con mis ocurrencias y, si por el camino logro entretenerles, me siento feliz. Me ilusiona compartir las vidas de mis personajes con el público. ¿Qué importa la manera de llegar a los demás?

Cuando escribo, me instaló siempre en el cómodo sillón orejero del lector que me tiene entre sus manos. Anticipo sus expresiones, sus alegrías, sus sobresaltos. Me encanta engancharlo y que le cueste soltarme. Es un placer robarle horas de sueño. Por eso escribo capítulos cortos, que empujan a llegar al siguiente para desentrañar lo que ha quedado pendiente. Y así hasta el punto final.

Con esto construyo una parte de mi obra, solo una parte. Mis novelas no sirven si se quedan guardadas en un cajón. El autor necesita que el lector participe de su creación. Sin el lector la obra queda coja. Y esto no es posible sin la labor de la editorial.

Como escritor, mi vida se ciñe a dos grandes satisfacciones: llegar al final de la obra y, tan importante como eso, obtener la aprobación de una editorial. La acogida posterior de la novela en el mercado entra en otro orden de sentimientos.

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