Carmen Muñoz

 

Carmen Muñoz Ariza. Editorial AdarveMe llamo Carmen Muñoz Ariza, tengo 58 años.

Nací en la «Década prodigiosa», la de los «ye-yés», la Vespa, el seiscientos, la que puso al hombre en la luna, la de la primera operación de transplante de corazón y la que eligió Walt Disney para subir a las estrellas, o para dormir criogenizado, como cuenta la leyenda. Lo dicho, una década prodigiosa. Todo esto me marcó, sobre todo la muerte de Disney, cómo podía desaparecer del mundo el autor de tanta belleza.

En los años setenta pasé «de niña a mujer», como diría Julio Iglesias; ya sabéis, las primeras preguntas filosóficas, bueno, las segundas, porque desde muy pequeñita mezclaba preguntas como «¿mamá, que hay para comer?» con otras más profundas, «¿existen los Reyes Magos?», «¿estamos solos en el Universo?», «¿qué es la vida?», «¿Dios existe?».

Cuando descubrí a los chicos, estos temas pasaron a segundo plano y me centré en lo importante, lo que hacemos todos a los quince o dieciséis. Tuve que decidir si era de Ciencias o de Letras y, como no lo tenía muy claro, estudié un bachillerato mixto hasta COU. Tal vez habría estudiado Bellas Artes, pero no se podía cursar en mi ciudad, Zaragoza. Pensé en la carrera de Historia, y al fin me decidí por Magisterio.

Los años ochenta fueron cruciales, formé una familia y tuve un hijo. Seguí aprendiendo las cosas que mi «yo» más profundo necesitaba: Acupuntura, Osteopatía, Aromaterapia, hice Kárate hasta cinturón marrón y Tae Kwondo hasta el azul. Me hice Técnico Especialista en Estética, y así fue pasando la vida hasta llegar al punto en que me encuentro, con dos nuevos títulos, escritora novel y abuela, lo mejor de lo mejor.

García Márquez. Editorial Adarve, Editoriales de España

Gabriel García Márquez, escritor colombiano, Premio Nobel de Literatura 1982

Me gusta la lectura, el canto, pertenezco a una coral, el baile; en mi juventud hice mucho deporte, ahora prefiero los largos paseos por la orilla del Ebro exprimiendo el alma acompañada de una amiga —deporte y terapia, todo en uno— y el levantamiento de taza de café con leche con todas ellas.

Creo que soy una persona natural, positiva y afectuosa. Defectos…«hailos», pero que sean otros los que digan, por aquello de «no tirar piedras sobre mi propio tejado».

No creo que nadie decida hacerse escritor. En mi caso, cuenta mi madre que, cuando todavía no sabía andar, me dejaba en el suelo de la cocina sobre una manta con papel y lápiz mientras ella trasteaba entre pucheros y yo me entretenía haciendo mis primeros surcos en el mundo literario. Tardé en hacer poesía lo que tardé en aprender a escribir. La primera, que aún guardo, la escribí a los cinco años. Conservo todos mis poemas de infancia y adolescencia. Luego se hizo el silencio durante años, décadas, hasta el día en que rescaté a la niña que fui y con los cuarenta cumplidos comencé de nuevo, poemas, relatos, algunos premiados. Después llegaron las novelas, no sé cómo, pero llegaron, porque no las escribo con la mente, sino desde algún lugar de mi ser que aún no tengo localizado.

De todos los autores, el que marcó la diferencia fue Gabriel García Márquez, en mi primera juventud. Cuando leí Portada del libro La montaña mágica de Thomas Mann. Editorial AdarveCien años de soledad descubrí la magia de la Literatura, un país al que quería volver eternamente. Había leído mucho hasta entonces, pero esta obra fue el inicio de mi gran historia de amor con los libros. Otras obras que no puedo dejar de señalar son La Iliada, Platero y yo y El Quijote, aunque tengo que confesar que me costó años enfrentarme a la lectura sobre el burrito de Juan Ramón Jiménez, porque me llenaba de tristeza el hecho de que muriera, también que he necesitado cumplir cincuenta para maravillarme con la obra de Cervantes; en una palabra, sublime.

No puedo elegir entre mis obras, todas son hijas mías. Tengo varias obras publicadas, pero Tío Galo es mi primera novela publicada y eso le concede un lugar especial.

Escribir es para mí una forma de explicarme a mí misma, por eso creo que escribo de una forma intimista, fluida, intensa y algo poética.

Hay una frase de La montaña mágica de Thomas Mann que paró el tiempo un instante cuando la leí. La más bella declaración de amor. El protagonista de la novela, Hans Castorp, está en un sanatorio para tuberculosos. Allí conoce, de vista, a Madame Chauchat, de ojos de tártaro, una mujer casada que está allí con su amante. Para carnaval todos se disfrazan y se pierde por un día la rigidez de las formas. Entonces Hans se acerca a ella y le habla de tú. Madame Chauchat le dice que se lo permite por ser carnaval, pero que al día siguiente deberá tratarla de usted. Él, le contesta en francés, el idioma en que comunicaban…Jamás, Clawdia. Jamás te trataré de «usted»; jamás en la vida y en la muerte, si se puede decir de este modo (…) se trata nada menos que de mi amor por ti, ese amor que se apoderó de mí en el instante en que mis ojos te vieron, o más bien, que reconocí cuando te reconocí a ti, y es él evidentemente el que me ha conducido a este lugar (…) Te amo —balbuceó—, te he amado siempre, pues tú eres el Tú de mi vida, mi sueño, mi destino, mi deseo, mi eterno deseo.

Portada del libro Tío Galo de Carmen Muñoz Ariza. Editorial AdarveEstoy comenzando una nueva novela, basada en un hecho real que ocurrió hace unas décadas en un pueblo de Teruel.

Aunque, como he dicho, llevo toda la vida filosofando sobre la vida y sus misterios, en una eterna búsqueda, ahora que comprendo mi pequeñez he dejado de preocuparme por aquello que no puedo alcanzar. En este mundo está todo lo que quiero: mi familia, mis amigos; todo lo que hago: mis libros, y todo lo que soy: un ser humano que por alguna razón vive aquí y ahora, me sobra.

Mi proyecto más inmediato es llevar de la mano lo más lejos que pueda Tío Galo y seguir pensando, soñando, sintiendo y desarrollando mi nueva novela.

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