Miguel Ángel Montoya

 

Fotografía de Miguel Ángel Montoya. Editorial Adarve, Editoriales de EspañaVivo en un pueblo al sur de la capital de una provincia llamada San Juan, en Argentina. El distrito donde resido se llama La Rinconada y mi casa queda a tres o cuatro cuadras del pie de la montaña. Al oeste, la montaña, después de un vecindario llamado El Abanico, y digo «llamado», con esa impersonalidad, ya que nadie podría decir con veracidad quién le puso ese nombre, pero es la forma en que bajan las aguas del cerro en caso de crecientes. Que hay pocas, por aquí, ya que el clima es desértico. Estas montañas son parte de la pre cordillera. Después está la cordillera, que nos establece el límite con Chile. Tengo setenta años de edad, soy casado, tengo tres hijos y dos nietos. A ellos dediqué mi libro más reciente, un libro de cuentos; la dedicatoria dice:

Paso de Agua Negra San Juan. Editorial Adarve, Editoriales actuales de España

Paso de Agua Negra, San Juan (Argentina)

 

 

«A mis nietos Fabrizio Nahuel y Máximo Gael;

llevo sus vidas a peteco, entre las hojas de mi

cuaderno, a la hora del almuerzo, en mis bolsillos,

cuando tengo hambre, cuando tomo un vino, cuando

parto un pan, cuando escribo un cuento o un poema…»

 

Este libro, que tiene treinta y cuatro cuentos, lo titulé Calle 14, que es el nombre de la calle donde vivo.

He publicado libros de Filosofía, Educación, un libro con temas de Psicología Social, una novela en Editorial Adarve y un libro de cuentos en Editorial Abdulah. He publicado cuentos y poemas en convocatorias nacionales e internacionales. Además de escribir en revistas de Sociología, escribí durante cuatro o cinco años —no recuerdo bien, tal vez fue más tiempo— en un semanario local y después en otro. Eso de escribir en un semanario me seduce, en ellos mis trabajos eran literarios. En el primero tenía dos páginas centrales, donde hacía una entrevista y mostraba al personaje entrevistado desde un texto literario. Y me gustaba escuchar de los lectores —es un semanario muy popular y en aquella época era muy masivo— «me emocionó lo que escribiste de tal…». En el segundo que escribí, hacía ficción y ahí tenía la contratapa. Ese lugar es importante. Los diarios suelen colgarse en el puesto, mostrando la tapa y la contratapa.

Ahora estoy jubilado de mi trabajo en la Universidad Nacional de San Juan. Soy profesor titular exclusivo efectivo, fui docente e investigador.

Mi formación académica la comencé estudiando Ingeniería y me gradué como Ingeniero Agrimensor, poniéndole toda la voluntad a una de sus especialidades, la Astrometría o Astronomía de Posición y a la Geodesia. Cuando empecé primer año acaeció en mí, se despertó, o lo que sea, una fuertísima necesidad de ser docente. Yo decía que lo más importante que podía ser en mi vida era profesor de la universidad. Era mi sueño permanente, y fui desde ayudante de segunda categoría-alumno, pasando por todas las categorías, hasta profesor titular exclusivo efectivo.

Yo andaba con un pie en las exactas y otro en las humanidades. Y esto de las humanidades por mi condición de «escritor». Siempre escribí, desde niño. Yo no me hice, no me inicié, yo soy escritor. Mi madre me enseñó la vitalidad de la lectura. Es el segundo agradecimiento profundo que tengo hacía ella. Lo digo en la dedicatoria de Del otro lado de Las Chacras, novela que amo. El primer agradecimiento a mi madre es que pudo criarme. Y crecí en la casa materna, una casa muy grande con patios y palmeras, con aspecto árabe; yo soy Jamed por parte de madre. Y tuve una «mamaidad» para crecer. Eso es: Abuela-madre biológica, cinco tías y dos tíos. Yo no tuve madre, tuve una «mamaidad». Es el origen de mi felicidad.

Portada del libro Del otro lado de las chacras de Miguel Ángel Montoya. Editorial Adarve, Editoriales que aceptan manuscritosCuando cursaba tercer año de secundaria, en la clase de castellano, leíamos el libro Juvenilia y uno que yo escribía, Mis años secundarios; estaba en un cuaderno de doscientas hojas, manuscrito. El profesor era un escritor muy conocido en la provincia.

Entonces, ¿por qué no estudié Letras, Psicología o Filosofía?

Yo pienso que por el contexto cultural en el que había crecido. Mucho después de aquella casa grande con patios y palmeras, vivía con mi madre, mi padre y mis hermanos. Mi padre, agricultor; mi madre, ama de casa y un vecindario similar. Ahí estuve hasta dos años antes de terminar la secundaria.

Y en ese contexto cultural, quienes ingresaban a la Universidad, iban a estudiar para ser médicos, abogados o ingenieros.

Yo no tenía en mi espectro otras profesiones… y mi habilidad con las matemáticas me hizo decidir sin vacilaciones.

Ahora, y desde hace mucho, pienso que si el contexto cultural de mi crianza hubiese sido de mayor información, con otros estímulos, yo no hubiese ido a la Universidad y me hubiese dedicado solo a Escribir (así, con mayúscula).

Yo escribo para estar a salvo. Mientras escribo nada puede pasarme. No tengo miedos, nada me amenaza. Tengo conciencia o está implícito en el papel, en el ruido del teclado, que la Eternidad está en cada instante.

Desde que cursaba tercer año, fui ayudante de segunda categoría-alumno. Cuando me recibí pasé a jefe de trabajos prácticos, cargos en la Facultad de Ingeniería en una materia de quinto año de mi carrera, Geodesia. Después de un tiempo, rendí un concurso y pasé a Profesor Adjunto, en la misma materia.

Luego y simultáneamente, comencé a trabajar en un Instituto de Matemática, de la Facultad de Ciencias Exactas, donde estudiaba con un maestro que era el Director del Área de Matemática Aplicada.

Antes de estos cargos, y durante los últimos años de mi vida de estudiante y unos años después de recibido, trabajé en el Observatorio Astronómico Félix Aguilar, que es un instituto de investigación de la Universidad. Estudié gran parte de la carrera trabajando en el Observatorio. Y andaba muy seducido por el concepto «tiempo».

Al rendir mi tesis de Ingeniero ya estaba casado y teníamos un bebé. Vivíamos con mi sueldo de ayudante y el sueldo de auxiliar de investigación. Mi compañera también era estudiante.

Al tiempo de mi cargo de profesor en Ingeniería, me fui definitivamente a la Facultad de Ciencias Exactas como investigador del Instituto. Pasaron unos pocos años, gané un concurso y pasé a ser Profesor Asociado, para dar Métodos Numéricos a los estudiantes de Informática. Y además, daba una materia de ingeniería a los geofísicos.

Mientras, no había dejado de escribir. Estaban las publicaciones en los semanarios.

Desde mis dos o tres últimos años en el Observatorio, yo había comenzado a entrar en la Filosofía, por aquella seducción hacia el concepto del tiempo. Y el libro más importante de mis lecturas cotidianas, era Ser y tiempo de Martin Heidegger.

Mi círculo de amigos en la Universidad estaba conformado por Psicólogos, Sociólogos… y había publicado un trabajo sobre educación que fue vendido rápidamente en la principal librería de la ciudad. Fue muy comentado, muy aplaudido y muy insultado. El director de un Instituto de Investigaciones en Ciencias de la Educación de la Facultad de Filosofía me invitó a trabajar con ellos y fui con una extensión de la mitad de mi cargo de la Facultad de Exactas.

En mí crecía, con fuerzas, una tensión de identidad.

Y un día, tuve mi cruce inicial, sistemático a las humanidades. Realicé un curso de formación, intensivo, de un año y medio más o menos, de Psicología Social en la Facultad de Ciencias Sociales. Había encontrado la puerta más amplia y amable para entrar al territorio donde mejor estaría. Fue hermoso, todas situaciones de placer. Psicólogos, sociólogos, trabajadores sociales y yo, que a quienes no me conocían, yo les decía que estaba ahí porque soy poeta.

La autorización de la inscripción fue hecha por el Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, como una muestra de su cabeza abierta y fortaleza pedagógica.

Bueno, yo había comenzado a caminar hacia mi lugar en el mundo. La tensión de identidad era cada vez más fuerte.

En ese posgrado yo escribía mucho. Tuve referencias del director del curso sobre mis textos. Mi literatura apuntalaba fuertemente lo conceptual.

Quedé muy entusiasmado con las lecturas de la obra de Freud.

Ya trabajando en el Instituto de Educación, fui durante un año, tres días por semana, a la Universidad Nacional de Córdoba, a hacer un posgrado en Lecturas Freudianas. Me autorizaron la inscripción, tal vez sorprendidos y bueno, una vez dentro yo era un psicólogo más. Fue un año y medio largo, hasta terminar los exámenes, de puro placer.

En el equipo de investigación de la Facultad de Filosofía, mis aportes eran desde el Psicoanálisis y la Filosofía. En mi Universidad muchos ya no sabían qué título de grado era el mío. Así que cuando me llegaba alguna nota desde la administración decía: Licenciado Miguel Montoya. Ya que «licenciado» se puede ser en varias cosas.

Un día me llamaron de uno de los Departamentos de la Facultad de Exactas para que dictara Análisis Numérico a los geofísicos y a los Astrónomos. Acepté, con la condición de que dejaba de dar la materia de Ingeniería, a la que tengo mucho cariño por todo lo que aprendí y por las cátedras en las que trabajé. Pero fue un tramo del camino que estoy construyendo para habitar.

Así fue que me quedé, transitando solo por la Matemática y la Filosofía.

Después, para reafirmar el cruce a las humanidades, hice dos posgrados en la FLACSO —Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales— y me pos-gradué de Diplomado Superior en Ciencias Sociales, mención Sociología, y después como Magister en Ciencia Política y Sociología. La tesis de la Maestría la hice desde la Filosofía.

Yo inspiro mi pensamiento, fundamentalmente, en Heidegger, después en Hegel y en Nietzsche.

Mi concepto es leer a un autor, no para repetirlo, sino para inspirar el pensamiento.

Un Filósofo es quien crea conceptos.

Después, comencé a dictar Epistemología en la Licenciatura de Informática y en la Licenciatura de Astronomía. En las dos carreras, en quinto año y como materia optativa a los Licenciados en Geología. Los alumnos de quinto la tenían como última materia. En el trabajo final para aprobarla podían escribir un ensayo o un cuento que en el contenido tuviese los conceptos que decidían.

Ya no cargaba ninguna tensión en mi Identidad (en la Universidad, donde mi vida fue maravillosa, de cuestionamientos, amabilidad, discusión, cariño, unos decían que yo era un genio y otros que estaba loco; nada de genio ni de loco, pero eso me permitía moverme con total libertad… o casi total libertad).

Después de jubilarme hice una diplomatura en Psicología Junguiana, en la Asociación Junguiana Argentina.

Esto que cuento para responder, ¿qué estudié? no es una exposición de sacrificio, ni de esfuerzos extraordinarios. Nada de eso.

Lo que muestro es «El hombre y la mujer podemos construir sentidos en cualquier dominio».

Del mismo modo, que buscamos nuestro lugar en el mundo, en la geografía, en el territorio, en la ciudad o en el campo. Buscamos nuestro lugar en el mundo en el pensamiento.

Yo estoy en el Lugar de mayor comodidad que pude conseguir.

Yo soy, de oficio: Escritor. Desde siempre, pero aquel tránsito por el territorio de las ideas, en la búsqueda de conceptos que me permitan explicarme la realidad y que me acerquen al límite del misterio de la vida, para reconocerlo. Me dio tranquilidad y me da salubridad. Construyo, así, mi identidad.

Por qué decidí ser escritor: Ya conté de mi identidad de escritor, no decidí, soy escritor. Todo lo demás, de lo que tengo títulos y certificados, lo aprendí y me seduje en la Academia. De ahí compraba el alimento y el abrigo.

Autores preferidos y por qué: Albert Camus, Julio Cortázar, García Márquez, John Berger, Enrique Fogwill,

Rodolfo Fogwill. Editorial Adarve, Editoriales actuales de España

Rodolfo Fogwill (1941-2010), escritor y sociólogo argentino

entre otros. Estoy leyendo a John Berger y Rodolfo Enrique Fogwill. De este último me seduce su ficción, me seduce sentarme frente a la máquina, con la representación de un personaje o de un suceder y escribir, escribir, escribir. Sin estar consultando datos, fechas, sucesos en archivos históricos o diarios. Una de mis novelas, que estoy revisando, se llama Soy Peralta, un solo personaje que va caminando desde el centro de la ciudad a su casa y cuenta de él. Eso es ficción. Eso hace Fogwill, puede escribir ciento cincuenta páginas de once horas de la vida de dos o tres personajes. Eso me seduce como escritor de ficción.

Además de los cuentos, para mí es muy importante el poema. La poesía no es solo del dominio de la estética. Es el texto más próximo al texto filosófico.

Los filósofos, como Heidegger o Hegel, citan a los poetas.

El poema hace a los hombres videntes para lo realmente existente en lo que ellos se mueven a ciegas, dice Heidegger.

Me gusta mucho escribir poesía y leo poesía.

Tu obra favorita de las que has escrito: Todas. Pero amo Del otro lado de Las Chacras, publicada por Adarve. Amo a Pablo Bermúdez y su historia, me duele y me emociona. La releo y lloro en partes. Varios lectores me cuentan lo mismo.

Ya dije sobre el estilo que me da identidad como escritor.

Una cita de un autor que te guste: «La vida misma nos recompensa de nuestra voluntad obstinada hacia la vida, y nos recompensa ya de toda mirada atenta que le lanza nuestro reconocimiento, que no deja escapar ninguna ofrenda de la vida, aunque fuese la más pequeña y la más pasajera. Ella nos da, en cambio, la ofrenda más grande que pueda darse: nos devuelve nuestra tarea».

Nietzsche –El viajero y su sombra.

 

 Obra en la que te encuentras trabajando en la actualidad: Estoy revisando Soy Peralta y estoy terminando un poema en prosa —llevo cincuenta páginas—, El hombre que significaba.

Aficiones: Escribir. Obsesivo con mi biblioteca y no presto mis libros, los forro con una lámina de plástico antes de comenzar a leerlos. Solo mis nietos —de seis y dos años— entran a mi lugar de trabajo y abren los cajones y miran mis libros. Se los prestaría a ellos.

Algo sobre tu manera de entender este mundo: Lo que conté de mi formación académica, de mi búsqueda, cuenta de mi manera de ver el mundo.

Una sentencia mía dice: «El hombre se salva si vuelve a la Tierra». Y dos caminos seguros de regreso son el Arte y la Filosofía.

Esa vuelta a la Tierra, es volver de la enajenación y del supuesto desarraigo. Nosotros, los humanos, como organismos, somos sistemas abiertos. Y eso significa que conformamos la naturaleza y la naturaleza nos conforma.

En el mundo histórico, ese que construimos para sociabilizarnos, para mí, lo primordial es el humano, lejos del mercado, del pensamiento calculador y de la tecnologización de lo cotidiano. Me opongo a la monopolización del lenguaje por la máquina y al atravesamiento de lo público por el dogma. En lo público debe estar vigorizada la razón, porque en lo público nos desarrollamos los individuos.

Estoy hablando del mundo histórico. No hay un solo mundo. Hay tantos mundos como individuos. Cada uno construye su mundo, después lo intersectamos con el mundo de otros. A esa intersección yo la denomino «mundaneidad». La ampliamos con la lectura.

Mi filosofía es la reconstitución del «sujeto del sentido». No daré estos conceptos, pero es el sujeto opuesto al dogma, el que construye sentido, lejos u opuesto a eso que llaman «sentido común».

El sujeto del sentido es lo que nos conformaría una nueva sociabilidad.

Frente al deterioro de la sociabilidad en que vivimos (al menos en Argentina), frente a tanta agresión y el carácter de esa agresión. Frente a la ruptura del contrato por la verdad, que debe mantener el gobernante con la sociedad civil.

A la obnubilación del hombre por el pensamiento calculador y siendo el único que practica. Frente al positivismo del sistema de convivencia.

Yo, un escritor de ficción, en voz alta, suelo decir, para no expresarlo como consejo, que hay que leer ficción, más en esta época de tanto desasosiego y confusión. Porque la ficción es un cobijo, es un amparo. Nos proporciona tranquilidad y hasta puede mostrarnos un criterio exterior de comparación, de crítica para nuestro modo de vida. O tal vez nos muestra un mundo alternativo completo, un mundo soñado para descubrir los rasgos del mundo en el que habitamos.

Tus proyectos inmediatos: Escribir, publicar, escribir, publicar…

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