Roberto Echeveste

 

Roberto EchevesteSi bien nací en Rosario y viví un par de años en Buenos Aires, desde los seis años resido en la ciudad de Capitán Bermúdez, a la que considero un poco «mi lugar».

En la escuela primaria fui abanderado, digamos que era el menos «burro» de la escuela, y terminé mis estudios secundarios graduándome como Perito Mercantil. ¡De lo cual no trabajé nunca en mi vida!

Mi etapa de estudiante se vio suspendida por un año al tener que cumplir con el Servicio Militar Obligatorio en el Ejército. Luego intenté retomar los estudios  de Historia en la Universidad, pero, ya había perdido el hábito, así que los siguientes treinta años los pasé trabajando: desde haciendo comida para perros, pasando por, peón de albañil, vender cursos de computación, etc. hasta cocinero en una fábrica de helado artesanal, que es lo último que he hecho. Sí, seguramente ya han adivinado un rasgo preponderante de mi personalidad: la inconstancia, o más bien, el hecho de que no puedo quedarme demasiado tiempo haciendo lo mismo. De hecho, soy de andar en motocicleta que es una de las cosas que me gusta hacer, pero nunca tomo el mismo camino, ni siquiera al trabajo, por más de un par de veces seguidas.

Vistas de Rosario, Argentina

Cincuenta años son bastantes, y puedo decir que no soy la misma persona que hace treinta, veinte o ni tan siquiera hace cinco años. Esa faceta de mi personalidad hace que mis aficiones fueran cambiando y tenga muy pocas que me acompañen durante años. Por ejemplo, me gusta el fútbol y fui fanático de joven, pero ya no, y mucho menos al ir viendo el negocio que se mueve detrás de él. De las pocas que continúan, una es andar en motocicleta (antes era en bici), jugar al fútbol los fines de semana y, eso sí, leer y escribir han sido una constante en mi vida. La honestidad y paciencia son también rasgos que me acompañan desde niño.

Volviendo a lo de leer y escribir. A causa de padecer asma en mi niñez me la pasaba bastante encerrado en casa, sobre todo en invierno, así que leía y releía mucho. Eso trajo consigo las ganas de escribir. No sé si en realidad soy escritor, o si lo soy, no recuerdo un momento en el que haya decidido serlo. Solamente escribo, nada más.

Mis autores preferidos son Dostoievski y Hesse, por su capacidad de adentrarse en la psique humana; Lorca, por su ritmo; Artaud, por lo desgarrador de su poesía y Borges,por su ahorro de palabras y lograr con ellas edificar historias, mundos y personajes de una vasta complejidad.

Quizás por eso busco esas cosas al escribir, profundidad, ritmo, no abundar en palabras innecesarias o rimbombantes, y la simpleza para que cualquiera entienda, por más complejo que sea el tema que quiero transmitir. Si lo logro o no, ya no soy yo quién para decirlo, espero que sí.

El lado activo del infinito de Carlos CastanedaNo obstante, mi obra preferida no pertenece a ninguno de estos autores. El lado activo del infinito, de Carlos Castaneda, me parece el libro más entretenido, didáctico, abstracto y cautivante que haya leído. Más allá de la discusión sobre si Castaneda se inventó todo, (Juan Matus incluido), si en su trabajo de campo se cruzó con algunos chamanes, si «robó» ideas de Gurdjieff, del misticismo oriental o de la Toltecayotl, y formó su propio cuerpo de ideas, o si en realidad vivió lo que narra en sus libros. A mi entender, Carlos Castaneda es un autor brillante que ha afectado con sus escritos a miles de lectores.

El género en el cual me he movido hasta el momento es la Poesía. Poemas Salvados del Fuego fue mi primer libro y el título lo dice todo. Durante muchos años quemé cientos de poemas y escritos que nunca me terminaban de «cerrar». Con el tiempo me di cuenta de que siempre va a pasarme eso de sentir una especie de vacío entre lo que quiero expresar y su resultado final.

Mi segundo libro, El Mes del Pedernal, es mi favorito justamente porque en él, ese vacío al que hacía referencia se me hizo muy pequeño, casi inexistente, y porque logré más de noventa páginas de rimas que no dejan de ser un solo cuerpo (que no es poca cosa).

El tercer libro, El Perro de Fuego, con suerte verá la luz en agosto en latinoamérica. Es el más abstracto de los tres y se adentra más en cuestiones inconscientes o realidades alternas a la cotidianeidad.

«No es posibe que al final, el milagro no estalle» (A.Artaud).

Es mi cita preferida y la he tomado como frase de cabecera en todos los órdenes, desde lo espiritual hasta lo que tiene que ver con el trabajo. Estoy convencido de que con voluntad, empuje, constancia y paciencia al final «el milagro» no puede no estallar.

Ya que hablamos de trabajo, les cuento que estoy trabajando en un cuarto libro que llevará por título El Clan de la Cucaracha. Con él incursionaré en la narrativa por primera vez. Son relatos cortos, de no más de dos o tres páginas, que intentarán reflejar al hombre trabajador y común. Esa franja de la que casi nadie habla ni escribe. Lejos de la opulencia, la fantasía o la marginalidad, temas tan en boga.

En mis escritos está implícita mi forma de percibir el mundo. Un mundo socialmente injusto, energéticamente predador, donde nos «comemos» los unos a los otros, pero pensándonos siempre en la cúspide de la pirámide alimentaria. (¿Y si hubiera alguien más devorándonos?). A su vez, un mundo hermoso de percibir y alucinante en su complejidad.

Así que, bueno, esperemos poder culminar con éxito este año lo que me he propuesto: que vea la luz El Perro de Fuego, y terminar mi aventura personal con la narrativa en El Clan de la Cucaracha, del cual les compartiré una partecita, que bien podría decirse es una biografía heterodoxa de quien esto escribe. Se refiere a un personaje: «El Negro». Cuánto tiene de mí y cuánto de ficción hay en él, queda a criterio del lector…

 

Solo puede romantizar la locura aquel que no se haya sumergido ni un poquito en sus aguas.

(Rober)

 

Los resultados de los análisis no fueron favorables. Una encima en el hígado, o algo así, no anda bien de colesterol y demás cosas ni hablar. Se los había ordenado una doctora después de un pico de presión arterial.

—Me tengo que dejar de boludear— piensa para sus adentros. Esos adentros intrincados y laberínticos que ha tenido desde chico. Desde que tenía cuatro años y vio asomarse de golpe por la puerta del baño esa silueta de rasgos humanoides, supo que había algo que no funcionaba bien en él, o en el mundo «real».

Desde ese día, siempre supo que había una fractura, una fisura en lo que el común de la gente llama «realidad». La misma fisura que se había abierto en sí mismo, en su percepción, en esos adentros inescrutables anímicos o, simplemente, en su cerebro.

Cualquiera fuese la causa, ya a los trece años se emborrachaba con alcohol, a los dieciocho fumaba marihuana y a los diecinueve tomaba cocaína. Obviamente, eso agrandó la fractura, la interna y la externa. A los veintiocho aparecieron los ataques de pánico: ya saben, sudoración repentina, escalofríos, vértigo, pánico, sensación de muerte inminente, hormigueo en las manos y en la cabeza. Lo del zumbido en los oídos no recuerda si comenzó en esos años o antes, o si siempre estuvo.

En esos tiempos dejó la cocaína por un par de años. La fisura se ensanchó aún más y más. Una vez estuvo más de ochenta horas sin dormir. Para quien no lo haya vivido, es un punto en el cual vigilia y sueño se confunden a tal grado de no poder discernir cuál es una y otra.

Unos años antes había empezado con prácticas de meditación, un poco por su inclinación hacia la experiencia mística, y otro poco buscando alivio a las consecuencias mentales que ni la terapia con un psicólogo mitigaban.

La fisura ya era fractura. Hacia adentro se iba extendiendo como una red o las raíces de un árbol, partiéndolo en pequeños y numerosos trozos, en pedacitos. Hacia afuera, la fractura se había tornado tan ancha que no había puente que pudiera unir su mundo y el de sus semejantes.

Una vez vio un muerto caminando a unos diez metros por delante de él. En otra ocasión, una mancha negra que bajaba repentinamente de un árbol, viniéndosele encima. Oyó voces, una mano tocando su cara en la oscuridad, despertándolo del sueño. Tuvo parálisis del sueño, tuvo sueños en que se despertaba dentro de otro sueño, y así hasta cinco o seis veces , hasta pellizcarse, y hablar con otros dudando si ya había despertado o si seguía soñando.

Practicando meditación, escudriñando en la oscuridad de su habitación, vio esas sombras que se mueven como peces negros en aguas negras.

Hundiéndose en la fractura llegó a pensar en el suicidio.

El alcohol siempre estuvo presente, aunque por años no se dio por aludido, «él no era alcohólico», solamente tomaba porque quería.

Las visiones, a veces alucinaciones, la disrupción del tiempo, las lagunas, siguieron por años.

—Me tengo que dejar de boludear —pensó mirando los análisis.

Desde ese día no tomó una gota más de alcohol, ni una. Ya había dejado por completo de tomar cocaína unos tres años antes, tras un episodio vergonzoso. En sus prácticas de meditación comenzó a sentir, (una parte de él siempre supo que estaba allí) una especie de pulpo de un solo tentáculo entre los omóplatos, y el tentáculo clavado en sus vértebras. Fue consciente de qué era ese pulpo: esa energía, esa presencia la que, durante años, bebió a través de su cuerpo. Se alimentaba de sus borracheras, de sus adicciones. Mediante la meditación comenzó una batalla silenciosa, de pura voluntad.

La expulsión de la entidad no fue de un día para el otro. Tuvo que soportar los sofocones, los ataques de pánico, las dudas, el miedo a la muerte, aparte de un tic que hacía mover continuamente su pierna cuando estaba sentado, como mueve su pierna alguien nervioso en una sala de espera, como una convulsión incontrolable y continua.

Pura voluntad.

Hasta que se fue alejando, o muriéndose de hambre, ¿quién puede saberlo?

A los tres años ya ni la recordaba, ni recordaba si le llevó uno o dos años, o más, desprenderse del «bicho».

El psiquiatra dice que lo ve cada vez mejor, que ya son necesarias cada vez menos pastillas, casi ninguna. Y el asiente delante del psiquiatra, pensando: «si usted supiera».

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