Nacido en Bullas, Murcia, hace mucho tiempo, escritor y colaborador habitual en radio, prensa y televisión, es autor de numerosas obras como: Salto del lucero, En pastel ajeno, Testimonios de una tragedia, Con el otoño a cuestas, Bullerías, Tal y como lo escuché, Con el peso del recuerdo, Ninguna noche es infinita, El grito de las caracolas, Y después, ¿qué? y la obra que tiene usted en sus manos.

ISBN: 979-13-88411-46-5
ISBN digital: 979-13-88411-47-2
Depósito legal: M-24052-2026
Número de páginas: 288
Formato: 150×230
Autor: Pascual Fernández Espín
Sinopsis: Cuando el Gobierno anuncia el estado de alarma nadie imagina que el verdadero peligro no viene del exterior. En una familia marcada por tensiones políticas, viejas heridas y silencios acumulados, la llegada del abuelo —un antiguo inspector de policía refugiado en la montaña tras la muerte de su esposa— reabre conflictos que nunca cicatrizaron. Mientras el país se prepara para el confinamiento, Álex, el hijo mayor, se ve arrastrado por un grupo de jóvenes que planea un golpe perfecto aprovechando el caos sanitario. Lo que comienza como una fantasía de dinero rápido se convierte en una red de amenazas, deudas y manipulaciones que supera todo lo que el joven imaginaba. Entre el encierro físico y el derrumbe moral, padre e hijo quedarán atrapados en una espiral donde pasado y presente confluyen de forma inquietante.
Género: Narrativa. Ficción contemporánea.
Háblanos un poco de ti
Me llamo Pascual Fernández Espín. Una persona con muchos años vividos y todavía más ilusión por lo que me queda por vivir. Estoy felizmente casado, tengo dos hijas, un hijo y un buen puñado de nietos. Cuando estamos todos juntos, hay conversación para rato y pocas ocasiones de aburrirse.
Me gusta la amistad, el buen vino y esas tertulias que surgen sin haberlas preparado: uno dice una cosa, otro le contesta y, cuando nos damos cuenta, con dos vasos de vino por medio, llevamos un buen rato intentando arreglar el mundo.
Sigo teniendo curiosidad, ganas de aprender y cosas que contar. Los años me han incrementado los recuerdos, pero no me han quitado la ilusión por lo que pueda venir. Y continúo escribiendo porque la vida todavía me conmueve, y sigo encontrando historias que pienso merecen la pena ser compartidas con los demás.
¿Qué podremos encontrar entre las páginas de Nada era casual?
Encontrarán una historia de cariño y peligro, en la que los personajes tendrán que demostrar hasta dónde están dispuestos a llegar por los suyos.
El centro de la novela lo ocupan un abuelo y un nieto. El abuelo, después de perder a su esposa, se ha retirado a la montaña buscando tranquilidad. El nieto llega huyendo después de haber atracado un banco, con la esperanza de ponerse a salvo, aunque el peligro le pisa los talones. Son dos personas de edades y maneras de pensar muy distintas y que tienen que aprender a convivir; discuten, se escuchan, se van conociendo… y ambos descubren que todavía tienen mucho que aprender el uno del otro.
Hay conflictos familiares, malas compañías, ambición y errores que no se arreglan con pedir perdón. Y esa montaña, con paisajes vecinos del mismísimo Edén, donde parecía posible vivir en paz, se convierte en un lugar en el que hay que medir los pasos y saber en quién se puede confiar. Más allá de eso, como escritor, prefiero guardar silencio. Cada personaje oculta algo, y quiero que el lector lo descubra a medida que avanza la historia y comprenda hasta dónde puede llegar alguien cuando teme perderlo todo. Sí, puedo adelantar que el cariño entre el abuelo y el nieto se pondrá a prueba en circunstancias que ninguno habría deseado vivir.
¿En qué ingrediente reside la fuerza de este libro?
Para mí, la fuerza del libro está en la relación entre el abuelo y el nieto. Uno es un ex policía y el otro un ladrón. Se necesitan mucho más de lo que ellos mismos creen al principio. El abuelo se había retirado a la montaña buscando tranquilidad después de perder a su esposa. El nieto llega buscando refugio, con el peligro pisándole los talones. Uno quería vivir en paz; el otro necesitaba ponerse a salvo.
El abuelo conoce la montaña y tiene una experiencia que al muchacho le falta. Pero eso no significa que lo sepa todo. También tendrá que escuchar a su nieto, tratar de comprender sus errores y aceptar que puede aprender de él. Por su parte, el joven irá descubriendo quién es su abuelo, qué le ha llevado a vivir allí y cuánto guarda detrás de sus silencios.
Creo que ahí está lo que da fuerza a la historia: en cómo van aprendiendo a quererse y a comprenderse mientras el peligro les acecha. Con sus diferencias, sus discusiones y sus errores, tienen que aprender a contar el uno con el otro, llegando un momento en que, para sobrevivir, es necesario conocer el terreno que pisan y, conocer, también, las debilidades del enemigo.
¿Qué quieres transmitir a través de este libro?
Quiero transmitir que siempre se puede aprender unos de otros, aunque nos separen muchos años y tengamos maneras distintas de entender la vida. A veces creemos conocer a alguien porque es nuestro padre, nuestro abuelo o nuestro nieto, y apenas sabemos lo que le duele, lo que teme o lo que necesita.
El abuelo ha buscado en la montaña una forma de convivir con la ausencia de su esposa. No pretende olvidarla —sabe que hay pérdidas que nunca se superan del todo—, sino encontrar en la soledad un lugar donde el dolor resulte más llevadero. El nieto, en cambio, llega huyendo, necesitado de refugio y quizá también de alguien que lo escuche sin juzgarlo.
La convivencia, al principio difícil, termina obligándolos a mirar más allá de sus propios conflictos. El abuelo, curtido por los años y convencido de que la experiencia le ha enseñado casi todo lo necesario para enfrentarse a la vida, descubre que también puede aprender de aquel muchacho. Su inocencia, su manera diferente de mirar las cosas y esa espontaneidad que todavía no ha sido castigada por los años le devuelven emociones que creía perdidas.
El nieto, por su parte, comienza a comprender que detrás del carácter áspero y del silencio de su abuelo existe una vida entera de experiencias, errores, renuncias y conocimientos que pueden ayudarlo a encontrar su propio camino.
Pero ninguno transforma al otro de la noche a la mañana. Se equivocan, discuten, se enfrentan y, en ocasiones, vuelven a encerrarse en sí mismos. Su acercamiento se produce poco a poco, casi sin darse cuenta. Y es precisamente en ese aprendizaje compartido donde nace la verdadera fuerza de su relación: el abuelo descubre que todavía tiene razones para mirar hacia adelante, y el nieto comprende que, para saber adónde quiere ir, a veces conviene escuchar a quien ya ha recorrido un buen trecho del camino.
También me interesa mostrar el peso de nuestras decisiones. Hay errores que comprometen a quienes nos quieren, y el cariño no nos exime de asumir sus consecuencias.
He querido que todo eso se vea en lo que les ocurre, en sus conversaciones y en su manera de afrontar el peligro. Para mí, la literatura tiene esa fuerza: nos permite vivir de cerca una vida ajena y comprender algo de la nuestra. Me gustaría que el lector, además de sentir la tensión de la historia, terminara mirando con más atención a las personas que tiene al lado.
¿Cómo describirías tu trayectoria de escritor desde la primera publicación hasta esta última?
Desde que publiqué Salto Lucero, allá por el año 1998, hasta llegar a Nada era casual, han pasado años de escritura, de lectura y de aprendizaje constante, pero también años de vida, que para un escritor cuentan mucho. Uno va comprendiendo cosas que antes solo alcanzaba a ver por encima.
En aquella primera publicación había una voluntad de recoger sueños, vivencias imaginadas surgidas desde la niñez, pasando por la adolescencia hasta llegar al teclado de la máquina. En Nada era casual, la mirada se acerca a la intimidad de los personajes: se habla de pérdidas, de soledad, de conflictos familiares y, como no, de esa relación entre un abuelo y un nieto que tienen que aprender a comprenderse en circunstancias difíciles. Son caminos distintos, pero a mí me interesan las situaciones críticas, aquellas que ponen a prueba la relación interpersonal.
Luego, centrando más la pregunta; como en toda actividad de la vida, el tiempo da oficio, se va aprendiendo, y yo, creo que, además de procurar contar con más claridad lo narrado, he ido aprendiendo a cuidar el lenguaje y confiar más en lo que una sola escena puede transmitir en cien líneas mecanografiadas de relleno. Una conversación, un gesto o un silencio pueden decir mucho si están bien situados y descritos. Ahí está buena parte del trabajo: encontrar las palabras necesarias y reconocer cuáles sobran.
Pero eso no quita para ver mi trayectoria como un aprendizaje abierto. Tengo más experiencia que cuando empecé; es verdad, pero cada libro me obliga a volver a aprender. Y lo más positivo, pese a que nací en el siglo pasado, todavía conservo aquella ilusión de la primera publicación. Y espero que en cada momento alguien abra un libro mío, más en concreto, Nada era Casual, entre en la historia, conozca a sus personajes y queda atrapado. atrapado.
¿Cuál fue el último libro que leíste? ¿Por qué lo elegiste?
El último libro que he leído ha sido Fuera de plano, de mi amigo y escritor Jesús Boluda. Lo empecé, lo confieso, casi por obligación, por ese compromiso que uno siente cuando un amigo pone en sus manos algo que ha escrito. Pero, a medida que avanzaba, su lectura me fue atrapando y seguí leyendo por el gusto de hacerlo. Y aprendí, como me ocurre con cada libro que leo, que cualquier libro que uno lea, siempre tiene algo que te enriquece.
Y ahora qué, ¿algún nuevo proyecto?
Pues sí. Llevo un tiempo trabajando en una historia que me apasiona. Aunque, a decir verdad, debería llamarla leyenda: una de esas ficciones que, de tanto contarse y pasar de boca en boca, con el tiempo empiezan a adquirir visos de realidad, llegando un momento en que uno ya no sabe cuánto hay de lo que ocurrió y cuánto de lo que la gente necesita creer.
A veces pienso que crear personajes tiene cierto parecido con la política. Un personaje poco logrado o un político anodino pueden alcanzar una notoriedad sorprendente por mero hecho de hacerse ver. De aparecer en la proyección de tu mirada una y otra vez hasta el punto de parecer como imprescindibles. Y en esa tesis me muevo en la nueva historia. Un relato que a fuerza de escucharlo mil veces ha ido ganando fuerza con los años, dejando de escucharlo como una leyenda para preguntarse si pudo suceder de verdad.
