Raúl Dávalos Fernández. Matanzas, Cuba, 1959.
Graduado en Medicina y excelente narrador, en 2009 gana el premio de cuento en los VIII Juegos Florales de Matanzas. En 2010 se hace con el Manuel Navarro Luna y en 2010 resulta acreedor al Premio Fundación de la Ciudad de cuento con Crónicas de Satz-Natham (Ed. Matanzas, 2011). En 2012, Ediciones Vigía publica el cuaderno de cuentos Desvelos. En 2015 gana el Premio Fundación de la Ciudad con la novela El sueño del rey (Ed. Matanzas, 2016). Por esa obra le fue otorgado, además, el Premio de la Crítica Orlando García Lorenzo en 2017. Otros cuentos suyos han sido publicados en la Revista Matanzas.
Nací en Matanzas, Cuba. Y viví allí toda mi vida hasta mediados de 2025, en que me reuní con mi familia en España. Actualmente resido en Murcia. Tengo 66 años.
Estoy casado desde hace cuarenta y cuatro años con mi compañera de estudios de la facultad de Medicina de Matanzas. Tenemos dos hijos varones y dos nietos (hembra y varón).
Pues, como decía, nací, crecí y viví hasta hace muy poco en Matanzas. Una ciudad tropical, serena, alegre y hospitalaria, de cara al mar, rodeada de playas, cuevas y valles, con una bahía espectacular.
Estudié la carrera de Medicina entre 1977 y 1983, y tres años después me especialicé en Medicina Interna (Clínico). Trabajé durante más de veinte años como médico, labor que concilié desde joven con la escritura. Pero desde hace otra veintena solo me dedico a la literatura. Y, en los últimos diez, a contribuir con la educación de mis nietos.
Me complace leer, escuchar música, ver documentales (y alguna película interesante), estudiar historia, astronomía, arte, idiomas, etimología, filosofía, ciencias… Durante años perseguí, atesoré y visité viejas y entrañables enciclopedias y diccionarios. Leo mucha divulgación científica e histórica, además de ficción. También me gustan la costa, las playas, el campo y los ríos matanceros. Y conversar con familiares y amigos. Disfruto enormemente compartir con mi familia. No hay sonido en el mundo que iguale la voz y la risa de mis seres queridos. Después: el murmullo del mar y las canciones de los Beatles.
No me gustan las introspecciones. Soy, supongo, una persona común y corriente, reservada y tranquila. Me desagradan la estridencia, la soberbia y la vanidad. Al igual que la violencia, la falsedad y la envidia. Cuando vivía en Cuba, me encantaba la paz que se respiraba en mi hogar. El jardín con las tórtolas, gorriones, tomeguines y zunzunes que lo frecuentaban. Los ladridos de mis mascotas retozando, cuando vivían… Desconozco el significado de la palabra aburrimiento. Necesito paz para vivir y escribir, pero no soledad. Mi esposa compartiendo con mis hijos y nietos en la habitación contigua mientras escribo, es mi concepto más tolerable de soledad. No me molestan en absoluto. Al contrario, se me da mal estar solo en la casa o en cualquier otro lugar.
Me considero un simple aficionado a la literatura. Me gusta leer y releer tanto o más que escribir: Un buen libro, música y café, es la fórmula de la felicidad…
Un día de diciembre de 1986, sin pensarlo demasiado, decidí tomar nota de los libros que me habría gustado leer y no hallaba en bibliotecas y librerías. Esos apuntes y otras visiones, inopinadamente, se convirtieron en argumentos y luego en cuentos o novelas. Mi esposa me animó a publicarlos. Esa siempre ha sido mi premisa: escribo lo que añoro leer, sin tomármelo muy en serio. La literatura me divierte, entretiene y enseña.
El mejor consejo que jamás oí, lo dio Adolfo Bioy Casares en una entrevista: «Siéntese usted, no se lo tome muy en serio y escriba buenamente lo que pueda». Esa es mi Regla de Oro para la literatura.
Mis autores preferidos son los de cualquier joven aguijoneado por la curiosidad: Homero, Cervantes, Bécquer, Defoe, Hoffmann, Stevenson, Nietzsche, Mark Twain, Verne, Poe, Maupassant, Conan Doyle, H. G. Wells, Chejov, Saki, Quiroga, Kafka, Lovecraft, Isak Dinesen, Pessoa, Miguel Hernández, Hemingway, Borges, Cortázar, Rulfo, César Vallejo, Saramago, Massimo Manfredi, el Follett de la saga de Kingsbridge, Asimov, Carl Sagan, Andrea Camilleri (libros y películas)… Los cubanos Pablo de la Torriente Brau, Eliseo Diego, Esther Díaz Llanillo, Oscar Hurtado, Daína Chaviano, Leonardo Padura y muchos más. ¿Por qué? No tengo ni idea. Será por su luz, seducción y magisterio.
Leyendo a esos autores fue que decidí ser escritor. De alguna manera u otra han determinado todo cuanto escribo.
En cuanto a mis obras favoritas… Todas las obras de los autores citados y más… No obstante, elijo cinco (injustamente): los Cuentos Completos, de Poe; los Cuentos, de Kafka; los Mitos de Cthulhu, de Lovecraft; los Cuentos Completos, de Borges; y Los Textos, un libro de cuentos inolvidable de Félix Pita Rodríguez, escritor cubano. No me perdono haber excluido a Maupassant. Esos autores me impactaron tanto en mi juventud, que, cada año y siempre que puedo, los vuelvo a leer, con creciente admiración.
Hablando de mis obras, no tengo favoritos: todos los hijos se quieren por igual. Aunque, innegablemente, guardo gratos recuerdos de la serie de cuentos fantásticos que escribí en mi juventud, titulada Crónicas de Satz-Natham. Primer libro que publiqué hace ya más de quince años. Y de El Sueño del Rey, la novela de ficción histórica alternativa (o ucronía) sobre el antiguo Egipto, escrita hace una década, que Editorial Adarve ha tenido la gentileza de publicar recientemente.
«Recuerdo, profecía y fantasía; el pasado, el futuro y el instante de ensueño entre ellos, son un solo lugar y un solo día inmortal. Saber esto es Sabiduría. Usarlo es el Arte» (Clive Barker).
Empecé escribiendo cuentos fantásticos y de horror sobrenatural (es lo que más he escrito), algunos poemas, máximas y otras reflexiones o meditaciones que no sabría enmarcar muy bien. En la “saga” de Satz-Natham creo haber ideado una especie de cosmogonía, con su mitología propia, idioma ficticio y grimorios. Me divertí mucho creando ese micro (o macro) cosmos. Muchos años después me aventuré a escribir novelas históricas (salieron unas tres o cuatro), y una serie de novelas policíacas y de espionaje.
Contar una historia que seduzca con palabras sencillas y de manera amena y elegante, es lo que más se acerca a la idea que tengo de estilo literario. En mi criterio, puede tratarse de cualquier temática: fantástica, romántica, detectivesca, ciencia ficción…, pero siempre contar una historia. ¿Cómo? Prefiero no saberlo. De ello se encargan mayormente la imaginación y la intuición. Félix Pita escribió en el prólogo de Los Textos: «La imaginación es la forma secreta de la memoria». Tal vez es así cómo se escribe. Mi lector ideal sería un puñado de jóvenes, como mis amigos de juventud o aquella novia devenida esposa, leyendo, comentando e intercambiando con cariño alguno de mis libros.
Me mantuve escribiendo sistemáticamente desde 1978 hasta 2015. Sobre todo el período entre 1996 y 2015 fue muy fructífero para mí. Entre 2017 y 2018 escribí la serie de siete novelas policíacas interrelacionadas, que les comenté. Pero ese año debí suspender la escritura por avatares de la vida. En enero de este año (2026) la retomé y me hallo enfrascado en una labor sin descanso ni sueño, revisando, puliendo y, muchas veces, reescribiendo, casi todos mis cuentos y (por el momento) una de las novelas, ambientada en la Italia prerrenacentista, para tratar de publicarlos próximamente.
Mis proyectos inmediatos, con un poco de suerte, pero sin prisa, seguir revisando y puliendo lo que tengo escrito hasta ahora: Alrededor de diez volúmenes de cuentos fantásticos (siete de ellos pertenecientes a la serie monotemática de relatos fantásticos vs. horror sobrenatural, intitulada Satz-Natham, de la cual ya hay un libro publicado en Cuba); un par de novelas más de ficción histórica; y el ciclo de temática policíaca y/o espionaje, interconectadas.
Un latido tras otro. Un paso después del otro. Una palabra detrás de la otra. No hay nada como el paso del tiempo. Ojalá me alcancen los latidos, los pasos, las palabras, el tiempo…
Comúnmente, los humanos no nos entendemos ni a nosotros mismos. Por tanto, querer entender el mundo es una tarea agotadora e inútil. Se lo dejo a los filósofos, políticos, sociólogos, legisladores… Pero algo aprendí como ciudadano común: Seguir siempre adelante. Enfrentar, superar y derrotar las incertidumbres, inseguridades y adversidades que nos impone el destino (o sea, aquellos que sí deberían entender el mundo). La Tierra es un lugar hermoso. La vida es maravillosa. «Cada uno de nosotros es precioso» (Carl Sagan). Los seres que nos acompañan merecen nuestro amor, respeto, consideración y entrega. Acompañémonos, pues, y cultivemos la virtud. Ah, y tener siempre a mano una dosis generosa de sentido del humor, porque la vamos a necesitar. No es la panacea universal, pero sí un eficaz amuleto. Como los libros y las canciones…
