Carlos Roselló. Montevideo, 1959. Casado y con dos hijos, en 2020 publica su primera novela infantil juvenil: Lui de Pinópolis (Ed. Babidi–Bú).

Lo primero que cabe decir es que nací en Montevideo, Uruguay, el 4 de mayo de 1959, ciudad donde aún resido. Estoy casado con Carla desde hace treinta años, y juntos tenemos dos hijos, Álvaro y Sofía. Nuestro hogar se completa con Archie, un braco alemán de cinco años que es parte inseparable de la familia.

No tuve una vida fácil, razón por la cual seguramente aprendí a mirar el mundo con mucha atención. Eso me ha llevado a tener un profundo respeto por las historias humanas, esas que laten en silencio detrás de cada mirada.

Les cuento que me formé como abogado, y que con los años me especialicé en derecho minero y de daños. Si bien aún ejerzo la profesión, desde siempre sentí una fuerte inclinación por la literatura. Las palabras, más que las leyes, fueron siempre mi verdadera vocación. Escribir, para mí, ha sido una manera de comprender y reconciliarme con la vida misma.

En lo estrictamente personal soy muy tímido y reservado, aunque dejo de serlo apenas el equipo de mis amores, el Club Nacional de Football, decano del fútbol uruguayo, y que es donde se formó Luis Suárez, convierte un tanto; también cuando suena algún tema de The Rolling Stones.

Con relación a mi verdadera vocación, la literatura, debo confesar que mi fascinación por la aventura de la vida es lo que me llevó a convertirme en escritor. Las peripecias humanas son infinitas y atrapantes: cada historia encierra una lucha, una esperanza, una herida o una revelación. Desde siempre me ha conmovido la capacidad del ser humano para reinventarse en medio de la adversidad, para encontrar belleza incluso en el dolor, y sentido en aquello que parece no tenerlo.

Escribir, para mí, es una forma de exploración. Es internarse en los territorios del alma con la misma curiosidad con que otros recorren el mundo. Cada personaje que imagino nace de una chispa de realidad y crece con el pulso de mis propias experiencias. Porque al final, uno no inventa del todo: apenas traduce, con palabras, lo que la vida le ha enseñado.

Tal vez por eso la literatura se ha vuelto una compañía inseparable, una manera de ordenar el caos, de comprender los silencios, y también de rendir homenaje a quienes, con su lucha diaria, revelan la grandeza oculta de lo humano.

La belleza de la literatura estriba en que, aun tratándose de historias similares, siempre cabe la posibilidad de contarlas de diferentes modos, dependiendo de quien las escribe. Cada escritor es, en definitiva, un filtro irrepetible de la realidad; su voz, su sensibilidad y su mirada imprimen un sello único en cada relato. Lo que para uno es tragedia, para otro puede ser redención; lo que en un autor se vuelve sombra, en otro se transforma en luz.

Esa diversidad es lo que mantiene viva a la literatura: no existen dos relatos idénticos porque no existen dos almas iguales. Cada historia lleva consigo la respiración y el temblor de quien la cuenta, su manera de entender el mundo, su experiencia y sus cicatrices.

Por eso escribir es, en cierto modo, un acto de revelación. Es abrir una ventana hacia el propio interior, pero también tender un puente hacia los demás. En cada texto, el autor se desnuda un poco, consciente o no, y ofrece su verdad —esa que no pretende ser universal—, pero que puede tocar la fibra de quien la lea.

La literatura, al final, nos iguala en lo esencial: todos intentamos comprendernos, recordarnos y sobrevivir a través de las palabras.

Don Quijote de la Mancha es mi libro preferido. Y lo es porque me encanta esa necesidad humana de creer, de imaginar y de dar sentido al absurdo, magistralmente descripta por la pluma de Cervantes.

Mi frase preferida, pese al transcurso de los años, sigue siendo de Saint-Exupéry: «Sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos». Ella, que pertenece a El Principito, encierra una de las verdades más delicadas y universales de la literatura: la auténtica comprensión del mundo —y de los demás— no pasa por la mirada racional o superficial, sino por la empatía, la sensibilidad y la intuición. Ver «con el corazón» significa percibir más allá de las apariencias: descubrir el valor, la belleza o la verdad que no se dejan medir ni describir, pero que se sienten. Es, en el fondo, una invitación a mirar como un niño o como un poeta: con ternura, con asombro y con amor.

En esa mirada hacia la vida –infantil, juvenil, pero limpia de prejuicios— escribí mi primer libro, LUI DE PINÓPOLIS. Me llevó más tiempo del que hubiera querido, pero con los años comprendí que quizá yo aún no estaba preparado, como persona, para permitir que esa historia viera la luz. La vida, el amor, la amistad, la empatía y la solidaridad —que son su materia prima— son conceptos profundos, difíciles de asimilar plenamente, y solo el paso del tiempo nos concede la distancia necesaria para entender su verdadera dimensión. Hoy sé que escribir aquel libro fue también una forma de crecer, de reconciliarme con mis propias búsquedas y con las preguntas que me acompañaron siempre. Porque, en el fondo, escribir no es solo contar una historia: es encontrarse a uno mismo entre las líneas.

los niños de coral carlos roselló

«Sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos». Saint-Exupéry

LOS NIÑOS DE CORAL, publicado por Editorial Adarve este año, fue mi segundo libro. Más maduro como escritor, insistí en las mismas ideas, convencido de que ese es, precisamente, el propósito que mis libros deben perseguir: recordar que solo se ve bien con el corazón.

Mi filosofía de vida, pues, es claro que se sostiene en la convicción de que lo que verdaderamente importa se siente. Creo en la mirada limpia, capaz de reconocer la belleza en lo pequeño y la verdad en lo invisible. La vida, el amor, la amistad y la solidaridad son los hilos que tejen el sentido profundo de nuestra existencia, y sólo a través de la empatía y la sensibilidad puede comprenderse su valor.

He aprendido que escribir es también una forma de vivir: de reconciliarse con lo que uno fue y de abrazar lo que aún busca ser. Cada historia que escribo es un intento de mirar más hondo, de hallar entre las palabras esa verdad secreta que sostiene al mundo. Porque, al final, escribir —como vivir— consiste en aprender a ver con el alma.

En la actualidad, y como no podía ser de otra manera, me encuentro terminando una nueva ficción. En esta oportunidad se trata de una trilogía ambientada en los vastos y enigmáticos paisajes del desierto del Sahara, ese territorio donde el silencio parece guardar los secretos más antiguos del mundo. La obra explora los grandes misterios que allí habitan: los que pertenecen a la tierra, pero también los que anidan en el alma humana.

Dios mediante, espero que el año próximo vea la luz la primera entrega de esta saga, y que los lectores puedan acompañarme en este viaje de arena, historia y revelación, que —como toda aventura— es también una búsqueda interior.

Esto último me lleva al personal abnegado de la Editorial Adarve, que es, a la vez, una maravilla humana y técnica. Detrás de cada libro que llega a los estantes hay un trabajo silencioso, minucioso y profundamente comprometido: editores que leen con el corazón y la cabeza, correctores que cuidan cada palabra como si fuera un hilo de oro, diseñadores que logran que la forma acompañe al alma del texto, y un equipo de producción que convierte la idea en objeto, el sueño en presencia tangible.

Su labor no se limita a publicar, sino a dar vida: a acompañar a los autores en ese tránsito íntimo entre lo escrito y lo leído, entre la soledad de la creación y el encuentro con los demás. Gracias a ellos, las historias respiran, los libros encuentran su lugar en el mundo, y quienes escribimos sentimos que nuestras palabras están en buenas manos.

¡Hasta pronto!

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