Tervuren, Bélgica, 1947
Emigra a Sudamérica con apenas 3 años y en el campo uruguayo comienza una andadura que le llevará también a Europa. Mudanzas, escuelas rurales… una existencia caótica marcada por la adicción de su padre a la campana. Adicción que comparte, según reconoce. Su vida se desarrolla en escenarios diferentes: Europa, Uruguay y otros muchos lugares a los que ha viajado. Según sus palabras: «Aquí estoy, desde mi nacimiento transcurrieron tres cuartos de siglo y ahora me siento frente a mi ordenador para escribir».
Hace más de 75 años, tres cuartos de siglo, exactamente el 24 de enero de 1951, un barco de carga proveniente de Europa entró en la bahía de Montevideo. Al anochecer, atracó en el puerto y apagó los motores.
Era el Querguelen, en su último viaje a las Américas antes de ser dado de baja por antigüedad y desarmado en el año 1955. Funcionaba como navío mixto, carga y pasajeros; esta vez eran pocos los pasajeros que traía, y que viajaban principalmente para Buenos Aires.
En la mañana del día siguiente, los pasajeros descendieron, algunos para visitar la ciudad de Montevideo y luego seguir hacia Buenos Aires.
Entre esos pasajeros descendió una joven pareja con un niño pequeño en brazos; ese niño era yo, haciendo escala; los pasajes comprados tenían como destino la Argentina. Pero a mi padre le gustó Montevideo, así que cuando volvimos al barco, fue para ir a buscar nuestras cosas y volver a bajar.
Esta vez mis padres descendieron arrastrando sus maletas, y yo, aunque todavía debilitado por una bronconeumonía doble que contraje en ese navío húmedo y frío, también bajé caminando, sosteniendo con fuerza mi pequeño maletín con mis pertenencias, mis juguetes, recuerdos de mi otra vida. Todavía no tenía 3 años de edad.
Bajamos en Montevideo para quedarnos. Venimos de Bélgica, Tervuren, cerca de Bruselas.
Desde ese día hasta este momento en que estoy escribiendo estas líneas ha pasado una eternidad; los tiempos no son iguales para todos, y yo tengo la impresión de venir por una senda por la cual camino desde siempre, y así llego al presente, el ahora en que me siento vivo; es el momento en que todo me sorprende. Puede ser un aroma en el viento, una expresión inesperada en un rostro, un error, una alegría, pero todo eso rompe la monotonía y siento la vida, y me parece estar vivo desde siempre. Sin embargo, recuerdo con nostalgia al niño que fui antes de subir a ese barco tan grande y yo tan chico.
Mi juventud la viví en el campo y en la pobreza; todavía recuerdo que de niño, para ganar unos vintenes, buscaba nidos de hormigas por encargo de un vecino.
¿Cómo era yo en aquella época, los años de mi niñez? Muy tímido, muy poca cosa, desde el borde de la ruta donde estaba el campo en que vivíamos miraba pasar los autos de lujo y la gente bien vestida y para mí había dos mundos que no se podían juntar: este en el que vivía y otro muy brillante que no comprendía.
Sin embargo, en la escuela rural donde asistía tuve una novia; yo estaba en segundo año de primaria con 7 años y ella estaba en cuarto y era mucho más grande que yo. No es que yo hubiese querido tener una novia, pero un día en el recreo, jugando, me preguntaron.
—¿Cuál es la más linda?
Yo la señalé con el dedo y dije: «Ella es la más linda, y las otras niñas arreglaron todo y tuve que bailar con ella. Desde entonces me repetían.
—Es tu novia.
Las niñas lo sabían, los chicos no.
Así pasaron los años de mi niñez; despreocupado, solo contaba el momento, casi todo el tiempo descalzo, pero feliz. Al ir a la escuela, llevaba mis zapatillas en el bolso y las ponía al llegar porque allí todos debíamos ir calzados.
Si de niño fui tímido, en la adolescencia lo fui mucho más, pero no del todo; durante todo el año vivía en el territorio en el que nosotros como familia nos desempeñábamos, trabajábamos en el campo e íbamos al pueblo para abastecernos y los domingos para ir al cine, y por voluntad de mi padre a la iglesia.
En ese entorno yo era realmente muy tímido.
Pero en verano llegaban los turistas que se amontonaban en las playas cercanas, ocupando las casas y los hoteles. Y ese era mi otro territorio, donde iba solo en verano, casi siempre en la playa, tirado en la arena o nadando en el mar, y, por extraño que parezca, entonces sí, esa timidez la dejaba en casa. Buscaba alguna chica con quien conversar, reír y jugar juegos de playa, tirarse al agua, jugar a la pelota, nadar, caminar, pasarla bien sabiendo que no habría un mañana.
Tenía 17 años, al principio. De esos días de total despreocupación hay cosas que recuerdo y no comprendo, como aquella vez en que hablé con una chica, la invité para ir al casino y me contestó que no podía ir conmigo. Pero te acordarás de mí, me dijo:
—Cuando compres las fichas y te acerques a la primera mesa, juégale enseguida al 17.
Compré las fichas y me acerqué a una mesa con el número 17, bailando en mi mente.
Me acerqué y, en vez de jugar, observé. La rueda giró y, antes que se detuviera, el crupier anunció “17”.
Esa chica tenía razón; todavía me acuerdo de ella y eso es toda la vida.
Y así fue pasando el tiempo. Tengo la capacidad de disfrutar la vida; que las cosas vengan bien o mal da igual. Agradezco tener una madre y existir.
Así fue mi juventud en Uruguay, un pequeño país entre Argentina y Brasil.
La vida sigue, me casé, viajé, atravesé varias veces el Atlántico, trabajé en Europa; durante un tiempo, desde Bélgica, recorrí la campaña trabajando como técnico, instalando máquinas de ordeñar en Francia, Holanda, Luxemburgo, Alemania, no lejos de las fronteras, porque Bélgica es un país muy chico.
Trabajé en una fábrica que producía componentes eléctricos de alta y mediana tensión con un puesto de responsabilidad con autoridad sobre las personas y toma de decisiones, en un entorno complicado con obreros de varias nacionalidades y diferentes costumbres, pocos hombres y muchas mujeres, un caldo en que los hombres se vuelven agresivos, el instinto del macho.
Tengo hijos ya grandes, por supuesto, y me divorcié; no voy a contar toda mi vida, vivo solo ahora y está bien. Y un buen día empecé a escribir, anécdotas cortas al principio, y hace poco mi primera novela.
¿Por qué empecé a escribir? Porque por la edad dejé de trabajar, tenía tiempo y siempre me gustó. Además de contar una historia, intento transmitir una inquietud e invitar a la reflexión. Por eso estoy contento con una de mis novelas que recién terminé de escribir; le puse por nombre La transición, El día en que el hombre perdió el control de la IA. En el prólogo se destaca una reflexión: ¿Quién la creó? Es un producto de la evolución, pero nosotros los humanos creemos que es nuestro logro porque le dimos vida.
Tuve la suerte de que la editorial Adarve se interesara en mis manuscritos; es reciente, no hace un año todavía, pero ellos lograron que mi autoestima escalara varios peldaños. Actualmente, solo tengo dos novelas en el catálogo de la editorial, pero pronto habrá más.
He leído mucho, sobre todo novelas en francés, aunque también en español y en inglés. ¿Cuándo leía mucho? Sobre todo durante mi adolescencia, antes de casarme, como autor me gustaba y su libro “Los hermanos Karamazov”. Gargantúa y Pantagruel, Papa Goriot, Madame Bovary, El conde de Montecristo, y muchos más, casi todos los clásicos. Últimamente estuve hojeando Los hermanos Karamazov, y admito que no lo volvería a leer; ya no tengo la paciencia para sumergirme en esas historias que se desarrollan tan lentamente.
Ahora me distraigo con Hércules Poirot o Astérix y Obélix, eso porque cuando me detengo de escribir, estas lecturas me calman.
Les comenté que era tímido, pero eso cambió después de casarme; tengo una capacidad que es como un don que recibí, es casi una intuición y es poder discernir el verdadero motivo y dar la mejor solución a una situación intrigante. No quiero dar ejemplos de cosas vividas porque siempre involucran a otras personas, pero imaginemos que vamos en un vehículo atravesando regiones inhóspitas con caminos improvisados y múltiples opciones para llegar a un mismo lugar. Ha llovido mucho y hay barro por todos lados, deslizamientos de tierra y corrientes de aguas tumultuosas; pues bien, siempre daré con la mejor opción para evitar problemas. Situaciones con el mismo contenido dramático, la misma carga de desconcierto y estrés se manifiestan en cualquier situación en la que perdimos el control; pueden ser en relaciones laborales, afectivas, de confrontación violenta, y paso. Veo un problema real que pide una solución urgente cuando la mayoría ni siquiera lo ven venir hasta que el mundo se les cae encima.
«La belleza salvará al mundo», Fiódor Dostoievski
Esto parece ser muy banal, pero en realidad no lo es; aunque soy muy ingenuo y confundo fácilmente realidad con incertidumbre, quizás por debilidad, la convicción intuitiva puede más y me impide vivir con ambigüedades.
Y para terminar, diré cómo me veo. Soy un solitario intrépido y algo aventurero, intrigado por las grandes preguntas sin respuestas, por lo cual intento con pasión comprender las limitaciones de nuestro intelecto.
Soy de pocos amigos y de sentimientos fuertes, y por esto mismo es que he sido hombre de pocas mujeres. Creo en la lealtad, pero con desconfianza. Sé que soy capaz de cualquier cosa, pero que no haré cualquier cosa. Debo agregar que estar en contacto con la naturaleza al aire libre es para mí una necesidad y tal vez por esto sea que una de mis pasiones es la pesca.
Me gusta el mar, el murmullo del mar; soy capaz de cuidar durante horas mi caña de pescar clavada en la arena esperando el brusco tirón de mi próxima pesca; conozco el instinto del acecho que hace del hombre un cazador.
Otra cosa que puedo decir es que soy muy activo y que, a pesar de estar casi siempre ocupado, en mi mente revolotean las ideas.
Muchas veces me detengo para poner sobre el papel una frase que habla de una idea, un sentimiento, que describe ese fulgor de la mente que combina las palabras en una hermosa frase llena de sentido. Me ha sucedido muchas veces que me detengo a escribir unas pocas palabras antes de que una idea se me escape, y sin querer, sigo escribiendo durante horas en cualquier lugar, absorto y fuera del tiempo.
Y qué decir sobre la editorial Adarve. Una editorial diferente, muy humana, un grupo de personas competentes y sensibles que tratan contigo y te hacen sentir bien, te aconsejan, te ayudan calurosamente, te abren los caminos de la oportunidad y, si eres bueno en lo que haces, lograr sobresalir se lo deberás.
No es nada fácil hoy en día para los escritores, y la editorial Adarve tiene muy en cuenta los autores noveles. Hay tantos que escribieron muy buenas obras que están enterradas en cementerios de libros.
Y ese grupo de personas que muestran por ti y por tu obra un interés genuino forman un equipo muy competente, de cuyas manos salen libros impecables, libros de los cuales yo, como autor, me siento orgulloso.
Ellos trabajan con cariño, y nos hacen sentir a nosotros, los autores, que sus logros son nuestros logros.
