Hijo de exiliados vascos de la Guerra Civil, vuelve a Euskadi de niño y reside desde entonces en San Sebastián. Pedagogo de formación y doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, dedica su vida laboral a la enseñanza; primero ejerciendo de maestro en Educación Primaria en Idiazabal y Lasarte y más tarde como profesor de la Universidad Pública del País Vasco, en la que ocupa varios cargos académicos. Autor de diversos artículos y colaboraciones en revistas y manuales universitarios, es esta novela su primera incursión en el mundo literario.

Soy Lander Sarasola Ituarte; un jubilado a punto de alcanzar los setenta y cuatro «tacos». Casado con Susana, soy padre de Mikel y Ane y aitona (abuelo en euskera) de un nieto que me ha «regalado» mi hija y cuyo encanto infinito me tiene extasiado… Estoy en esta WEB por haber publicado en Adarve una novela titulada «Cuadrando el Círculo» y porque la editorial me ha pedido que hable de mí para que quienes habéis llegado hasta aquí sepáis quien soy. Y eso nunca es fácil, la verdad, porque seguramente no acabamos sabiendo quienes somos sin el contraste de ese otro que nos conoce quizá mejor que nosotros mismos. Pero bueno, lo intento, ya que me lo ha solicitado la editorial, la misma que decidió publicar un escrito que no tenía propósito de ver la luz y a quien estoy agradecido por brindarme esta posibilidad. Pero me piden que hable de mi obra; de algo que no existe más allá de la novela mencionada. Por tanto, si apenas hay obra, es imposible que hable de mí como escritor, porque, simplemente, no lo soy. Más bien tengo la sensación de ser un intruso; un advenedizo con pretensión desmedida a un espacio donde existen técnicas de trabajo que desconozco y donde hay gente, mucha gente, que lo hace francamente bien y ante cuyos textos me siento insignificante.

He de decir que disfruto escribiendo. Mucho. Sabiendo que no me va la vida en ello, hacerlo me sirve para vivir mi tiempo de jubileo entretenido, comprometido conmigo mismo. De paso, voy ampliando mi léxico y tratando de combinar sus significados para expresar ideas. También para practicar una especie de «gimnasia cognitiva», estimulando la imaginación y la memoria, elementos que la edad va mermando sin remedio. Se podría decir, por tanto, que la escritura es para mí una especie de terapia ocupacional; un tratamiento para ocupar los tedios de la edad. Pero no es del todo cierto. Porque también me hace adentrarme en espacios de mi interior como cuando paseo o viajo, pero de una forma diferente. Un paseo junto al mar en mi ciudad es algo que me inspira sosiego y me permite sentir y palpar la calma. Y viajar también. 

Porque viajar es —extractando a García Márquez— «… intentar volar… cambiar… empezar… sentir que el tiempo es corto… es regresar… ». Yo añadiría que es poder admirar la diferencia; esa riqueza proscrita en este mundo de deriva, atolondrado por una xenofobia que bloquea la grandeza de la desemejanza.

La escritura me permite integrar ese cúmulo de sensaciones; hacer balance de una vida rica en vivencias y, seguramente, proyectar unas conclusiones que seguramente adquieren vida propia en el seno de mis personajes. Pero también reclama estudio. Tanto lo ya hecho como lo que tengo en mente me obliga a indagar, a documentarme, procurando seguir el consejo de Ortega de «camina lento, no te apresures, que a donde tienes que llegar es a ti mismo».

Esa lentitud quizá provenga de mi pasada vida escolar. Fui un mal estudiante. Malo de solemnidad. Sentía un sarpullido extraño cada vez que traspasaba la puerta del colegio y tenía claro que cualquier profesor era un torturador en potencia. Quizá fuera ese el motivo por el que acabé estudiando Pedagogía. Es curioso, sí. Muchas veces me he preguntado cómo acabé «advocado» por las ciencias de la educación desde mi repulsión a la escuela. Y, a falta de un amigo psicoanalista que «rasque» en mis adentros, aún me lo sigo preguntando… Aunque quizá haya un episodio que explique algo de aquello y es el hecho de que en el instituto tuve un profesor de literatura —apellidado Forradillas— que logró invertir mi cadena de fracasos escolares al engancharme a la lectura a través de las obras que nos hacía leer y comentar. Al hacerlo sobre una obra de Unamuno obtuve de él la única matrícula de honor que nadie me ha puesto en ningún orden de mi vida. Creo que aquello fue un acicate para continuar leyendo. Un día, muchas décadas después, durante una manifestación de repulsa por alguno de los muchos asesinatos que se cometían en mi tierra, yendo ambos cabizbajos y en silencio, nos encontramos de repente caminando uno junto al otro. No puede reprimirme y le saludé cordialmente, recordándole aquella anécdota y dándole las gracias por haber sabido inculcarme el gusto por la lectura. Él no me reconoció, como es lógico, pero, desde su elegancia en el trato, me lo agradeció tímidamente mientras continuamos caminando en silencio.

Me licencié en los estudios de Pedagogía en Salamanca, ciudad a la que adoro, porque en ella aprendí seguramente —tanto en las aulas como fuera de ellas— mucho de lo que he necesitado para moverme en la vida. Aquel tardofranquismo, sentido y vivido con compromiso, creo que me marcó de por vida, hasta hacerme creer en las cosas en las que aún sigo creyendo, aunque el paso del tiempo las haya ido sustituyendo por un creciente escepticismo. Pero aquellas tertulias que celebrábamos diariamente en el piso, a golpe de paquete de «Celtas» cortos y coñac rasposo, fueron una escuela informal de pensamiento que hoy recuerdo con enorme cariño.

Cuando llegó la hora de bajar a tierra y pisar la realidad, me fui de maestro a Idiazabal, pueblo del que guardo un recuerdo inmejorable por la forma como fui acogido por toda la comunidad, en general, y por la escolar, en particular. Luego fui de director a la ikastola de Lasarte, un centro fácil de dirigir por contar con un claustro de profesores y unos padres y madres siempre dispuestos a la innovación. Allí conocí a la que hoy sigue siendo mi mujer, por lo que mi suerte fue doble. Finalmente acabé como docente en la universidad pública vasca, donde me doctoré en Filosofía y CC. de la Educación y donde ocupé diversos cargos académicos.

En cuanto a hobbies o aficiones, lo cierto es que en tiempo de vida laboral activa no he cultivado aficiones más allá de la práctica de algunos deportes y de lecturas esporádicas. La familia, la profesión y un cierto compromiso político ocuparon mi tiempo sin apenas espacio para otras «distracciones». Y en ese tiempo hubo un hecho que me marcó para el resto de mi vida como fue un accidente esquiando por el que primero me «remendaron» la rodilla y, más tarde, me implantaron una prótesis cometiendo los galenos varios errores rayanos a la negligencia. Aquello hizo que abandonara prácticamente toda actividad física.

 

portada Cuadrando el círculo - Lander Sarasola Ituarte

Mi refugio actual son mi familia, los libros y la pluma. Tres pilares que se complementan de noche con la televisión con películas y deportes. Sobre todo, de mi Real Sociedad, a la que estoy ligado emocional y vivencialmente como socio desde hace treinta y siete años. Hace poco asistí a la final de Copa en Sevilla y todavía no se me ha pasado el subidón…

Como decía más arriba, animado por la Editorial Adarve, publiqué Cuadrando el Círculo, una novela que nació como mero refugio ante el miedo y la incertidumbre que me provocó el COVID. Pasaba horas dándole a la tecla hasta que, sin haberlo programado, surgió una historia que acabó cobrando vida. Es lo único que he publicado hasta ahora. Otras historias cortas y largas duermen en algún ángulo oscuro de mi disco duro; seguramente olvidadas, silenciosas y cubiertas de archivos… parafraseando a don G. A. Becker. De momento tampoco hay ninguna voz que —como a Lázaro— las quiera hacer sonar.

En este tiempo también me ha dado por acercarme a una «asignatura» que tenía pendiente de aprobar, como es la historia, el arte y el pensamiento medieval. Siempre he intuido que no era cierto que fuera una época oscura y baldía como se empeñaban en decirnos en la escuela y tenía ganas de corroborarlo. Acabé descubriendo la grandeza de aquella época focalizándola en el «arte románico»; en su arquitectura y en el lenguaje simbólico que encierran sus artes figurativas. Por momentos me ha llegado a fascinar hasta el punto de que hoy día organizo mis viajes por España y Europa contemplando siempre posibilitar la visita lugares emblemáticos donde admirar alguna de ellas. De hecho, mañana salgo hacia Francia y Alemania y, aunque el objeto del viaje no sea ese, el recorrido para llegar hasta allí está trazado pensando en visitar varios ejemplos de la arquitectura religiosa carolingia, cuya estructura y planimetría resultan francamente interesantes.

En cuanto a mis lecturas, no tengo autores predilectos ni creo que sigo un estilo definido influido por alguno de ellos. Soy amante desde joven de la novela canalla, criminal; ya sea «negra», «thriller» o «novela policíaca». Creo que me estrené con Agatha Christie y que seguí con Dashiell Hammett, Raymond Chandler y, más tarde, con Patricia Highsmith y P.D. James. Luego vinieron Phillip Kerr, los Connolly y Connely, Markaris y últimamente Pierre Lamaitre. En cuanto a los de aquí, sobre todo, he leído a Lorenzo Silva, Eduardo Mendoza, Dolores Redondo, Carmen Mola y Almudena Grandes. Acabo de terminar una novela de un tal James Kestrel que lleva por título «Cinco meses de invierno», un thriller muy entretenido. Días antes me asomé a un autor desconocido para mí, un tal Luis García Jambrina, que me recomendó un amigo tras leer mi libro y saber que parte de la trama transcurría en Salamanca. «El manuscrito de piedra» se llama y la historia ocurre en la capital charra en el s. XV teniendo como investigador al mismísimo Fernando de Rojas; una licencia muy divertida. Al viaje me llevo un libro de Valérie Perrin llamado «Tatá» que acabo de comenzar a leer y que me está sorprendiendo por el estilo que utiliza. También me llevo en el ebook a John Katzenbach y su conocida obra «El psicoanalista».

Hablando de mis proyectos inmediatos, estoy dándole vueltas a una historia. He hecho un «esbozo» y desde él espero ir construyendo algo que no sé en qué va a acabar. Con tranquilidad. Ya veremos si acaba apareciendo alguna voz que la consiga hacer sonar, pero, en cualquier caso, me importa más el proceso que el resultado final. La historia me está llevando a realidades desconocidas que me obligan a indagar; a documentarme, y eso me lleva tiempo. Y el tiempo, ¡ay, amigo! es un bien preciado que a los jubilados —curiosamente— nos falta y no entendemos por qué. Y, además, para trabajar hoy día necesito mucha concentración, enorme soledad y un silencio sepulcral, condiciones que se truncan con un nieto al que estoy deseando ver y achuchar.

Si finalmente consiguiera escribir algo nuevo que considerara que pudiera merecer ser leído, contactaría de nuevo con Adarve. Creo que hacen una gran labor dándonos la oportunidad de ver impreso nuestro trabajo.

 

 

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