Nace en Tenerife, donde reside actualmente. Licenciada en Filosofía, cursó estudios parciales de Antropología Cultural y Filología Hispánica. Escribe diarios, cuentos, poemas y prosa poética desde la infancia. Además de la obra que aquí se presenta, hasta el momento ha publicado Historia de unas alas y otros escritos (Ediciones Oblicuas, 2018). Esto no es un libro de Arte es una obra inédita a la espera de edición y en estos momentos trabaja en otra obra, mayoritariamente epistolar, titulada Existencia fragmentaria. Aunque ha destruido muchos de sus escritos, en los últimos años ha decidido dar a conocer algunos de sus textos.
Mi nombre es Lu Benes y nací en Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias. Licenciada en Filosofía, realicé también cursos de Doctorado en dicha especialidad y estudios parciales de Filología Hispánica y Antropología Cultural. Nunca me he casado ni he tenido hijos por conciencia y decisión propias -aunque sí haya vivido en pareja-, pues no confío en la institución del matrimonio como garante de la unión ni del devenir de la pareja. Definirme sería un trabajo infructuoso e inútil, porque no somos seres cerrados ni respondemos siempre de igual modo a los estímulos ni a los hechos mundanos. No tengo redes sociales, no me dicen nada ni me interesan especialmente y sé que, en este sentido, soy una especie de bicho raro; algo que no me importa en absoluto.
A lo largo de mi vida he conocido personas que me ayudaron a crecer y a ser mejor, a todas ellas les guardo gran afecto y gratitud. Pero también muchos animales han colaborado en esa tarea, aunque pueda parecer extraña o fuera de lugar esta afirmación. He escrito frecuentemente sobre los que he tenido en mi casa y aledaños, animales que me ayudaron a valorar el cuidado y atención hacia ellos. Empatizamos, aunque ni siquiera pertenezcan a mi especie animal ni hablen mi idioma. Gatos, perros, pájaros…o animales que nunca pude ver (o sí) y hacia los que guardo gran simpatía, muchos de ellos diezmados o arrancados de su hábitat por la impía mano humana. Como ejemplo de escritos sobre ellos y sobre el mundo natural como inspiración escribana, sirva este fragmento de mi obra inédita Esto no es un libro de Arte. Los hechos que se relatan acontecieron durante los años en que viví en el campo:
Estos tres arbolitos de Egon Schiele desnudándose de hojas a capricho del viento otoñal, me traen recuerdos de otros tiempos. De patios de sol, de fuentecillas y de pájaros triscando entre follajes y flores. De la arboleda ensayando murmullos de mar y callaos arropada por los vientos. Recordaciones de mi gata Sita cazando un pajarillo, el único que capturó en toda su vida y trayéndolo a la sala de la casa. Recuerdo que era otoño, que los frutales en la huerta se desvestían de hojas como los arbolitos de Schiele. Yo entreví a la gata cuando entró por la ventana. Traía algo en la boca, algo que dejó caer dentro del salón y que resultó ser un pajarillo de tonos azulados.
Lo recogí del suelo, estaba aún caliente. Mi Sita me miraba con las pupilas dilatadísimas y maullando de manera casi agónica, y no era para menos: una gata cazadora cobrándose su primera pieza siendo ya tan vieja. A la vez, qué pena el pajarillo, tan chico como el almoraduj del poeta Emilio Prados. Tan ínfimo y colorista allí en el suelo recién fallecido, y yo sin saber qué decirle a la gata y que me entendiera… Sin saber qué hacer con el cuerpecito de aquel pequeño ser muerto y alado. Finalmente, cavé un hoyito en el jardín con una palita de jardinería y lo metí dentro. Lo cubrí con un poco de tierra. Saqué un crisantemo morado de una maceta y lo planté encima de aquella tumba diminuta junto a un ciruelo. No hubo más. El crisantemo se hizo enorme y lo podé cada año hasta que su naturaleza finita lo fue secando y dejó de existir.
Junto a mi foto, en el encabezado, aparecen dos cuadros: el Mit und Gegen de Kandinsky (1929) y Sorpresa del trigo, de Maruja Mallo (1936). Con ambos como ejemplo quiero representar otra de mis aficiones fundamentales: el Arte. El Mit und Gegen (Con y contra), es mi lienzo favorito desde hace muchos años y en la obra inédita Esto no es un libro de Arte, escribo varias veces inspirándome en ese cuadro. Además de mi afecto por el Arte y la Naturaleza como temas de interés personal e inspiración para escribir, también amo profundamente la poesía, algo visible en todos mis libros en los que hay alusiones a poetas y poemas de España y allende los mares; la lista sería interminable. Mis géneros literarios preferidos son la poesía y el ensayo, aunque también sea amiga de otro tipo de lecturas. Finalmente, la música es crucial en mi día a día y escucho jazz, clásica, indie, minimalismo, rock progresivo… También toco a ratos el teclado.
Profundizando en mi escritura, yo diría que no sabría vivir adecuadamente sin escribir. He contado en algún libro que, siendo una niña de apenas ocho años, mi abuela paterna me regaló un diario y ahí empezó mi labor escribana. Reproduzco aquí un fragmento titulado así (Diarios), que aparece en mi libro Mañana no seré otra (Edit. Adarve, 2025):
Siendo una niña, a veces me asolaban tristezas infantiles pasajeras que acarreaba por esto o por lo otro. Ser una cría sensible tiene sus contrapartidas. Cuando me sentía atribulada subía a la azotea y entraba en el gran palomar de mi abuelo. Allí les cantaba a las palomas, les ponía agua limpia en los bebederos, les echaba de comer millo o migas de pan, las observaba… A veces les llenaba una bañaderita con agua y ellas, bien contentas, chapoteaban agitando alas y cuerpos. Los domingos por la mañana, las hermanas también solíamos colocar bañaderas de agua en medio de la azotea para que estas aves tan queridas para nosotras se dieran su bañito dominguero. Jugábamos con ellas, se nos posaban encima, sobre el hombro o sobre nuestro brazo extendido… Hoy ya nadie quiere a las palomas. Las llaman ratas del aire, las matan, las cazan y envenenan siguiendo las órdenes de los ayuntamientos y el fuero interno de quien las teme y las detesta. Antes eran mensajeras primordiales, ahora son primordialmente masacradas. Un día mi abuela me regaló un diario, tendría yo ocho años. Escribe aquí todo lo que quieras, me dijo. Y desde entonces escribo diarios y otros textos que suelo destruir por temporadas (…).
Aún sigo escribiendo diarios, como es manifiesto en mis libros, y prosa poética en general; cuentos, relatos, cartas y epistolarios, algún poema… También he redactado artículos cortos sobre Filosofía, dos sobre Emily Dickinson (incluidos en Mañana no seré otra) y otros aún sin publicar sobre Alejandra Pizarnik, sobre un poemario de Alberto Pizarro que leí siendo adolescente, sobre la depresión, sobre problemas globales (inmigración, conflictos armados, etc.); y uno algo amargo titulado Sobre la Inutilidad de las palabras, también inédito. Sin embargo, no fue hasta el 2018, por insistencia de familiares y amigos, que decidí dar a conocer parte de mis textos y enviar a Ediciones Oblicuas un compendio de escritos que finalmente fueron publicados bajo el título Historia de unas alas y otros escritos.
En mis libros –algo especialmente visible a partir de Mañana no seré otra y en mis dos obras inéditas-, intento visibilizar a mujeres que hicieron una gran labor artística o cultural y que fueron silenciadas durante mucho tiempo –o que lo siguen siendo- por un devenir plagado de estereotipos, prejuicios y censura social. O bien, mujeres cuya obra me parece interesante y son algo (o mucho) desconocidas aún. Como ejemplo, sirva este texto dedicado a la compositora y directora de orquesta María de Pablos Cerezo, que figura en mi obra inédita y aún en redacción Existencia fragmentaria:
De pronto me hallé pensando en María… María de Pablos Cerezo, una grande de la música clásica en España y en el mundo; pianista, compositora, directora de orquesta. Grande y olvidada como tantas mujeres del pasado que brillaron en una época en la que la luz les estaba casi prohibida. Estoy oyendo Ave verum, un motete para solista, coro y orquesta de algo más de cinco minutos que compuso en 1927, siendo ella una chica de apenas 22 años y teniendo un futuro incierto bajo sus pies, a pesar de la supuesta dicha de entonces. Estudió música en todos los lugares donde pudo y donde fue becada. Recibió clases de armonía con Nadia Boulanger y también fue alumna de Paul Dukas. Ante todos dejaba huella. Ante todos se erigía cual fuente de creatividad musical sin igual… Pero con treinta años compuso su última pieza y después fue paulatinamente olvidada. Acabó en un sanatorio psiquiátrico donde sucumbió tras medio siglo de encierro, aferrada a sus amadas partituras. Aferrada a la nostalgia, aferrada a la música hasta que hace unos años la empezaron a sacar del cruel anonimato y se iniciaron los conciertos y las grabaciones de sus obras. Hasta que volvió a brillar en el cielo de la Música, donde siempre estuvo aunque cubierta de polvo, de olvido e ingratitud.
¿Para qué vale el reconocimiento cuando ya estás muerta?, me preguntó una amiga hace días, a propósito de María.
No lo sé, contesté. Pero más vale brillar aunque sea tarde, aunque muriera entre dolor psíquico y tinieblas. Más vale brillar, por tarde que fuera, que el olvido absoluto bajo la losa de los siglos. Más vale brillar, por tarde que sea, que continuar escondida tras partituras que durante décadas solo emanaron polvo y más polvo. Esa polvareda y esa suciedad en que la Historia a veces sepulta a las mujeres que se atrevieron a salir de la jaula de oro que les daban para consolarse: la casa y solo la casa, el cuidado ajeno, el gineceo.
Entonces mi amiga me miró largamente y apenas dijo lo siguiente, cabizbaja:
Ya, pero qué pena, joder…
Y yo me encogí de hombros levemente. Bajé los ojos como quien no supiera qué más añadir.
Un aspecto crucial en mi escritura lo constituyen las cartas, los epistolarios. Algunas las envié en su día por correo electrónico o como mensajes de WhatsApp –las más cortas-. Otras quedaron sin enviar pero engrosan mis libros. Son cartas donde se habla en gran parte de lo mismo que en los diarios y resto de escritos: de amistad, amor y desamor, del circundante, de la marcha del planeta -tan atribulada en ocasiones-, del mundo natural y los animales; de solitudes y soledades, de Arte, de asuntos personales y cotidianos… En Mañana no seré otra, el epistolario ocupa toda la tercera parte del libro (pp.139-270). Elijo dos pequeñas cartas como ejemplo:
Querido amigo, contestando a tu mensaje te diré que no entiendo que los activistas climáticos o del tipo que sea, se ensañen con los cuadros de Van Gogh, Monet o con cualquier obra de arte. Creo que la crítica a los dueños y gestores mayoritarios del capital, a los grandes hacedores de atentados ecológicos, a los artífices de la desinformación y la confusión; debe hacerse de modo que despierte a la humanidad, no que la enfade o la duerma. No que la deje pensando que los activistas son unos desconsiderados y el activismo un error. El camino para mostrar el deterioro ambiental o cualquier otro, no consiste en atentar contra el Arte, pues es contraproducente además de un sinsentido que sólo consigue un efecto contrario al deseado. No sé bien cuál es el camino, pero no es ese. Estoy segura. Un abrazo hasta tu casa.
Estimada amiga, esta mañana de sábado estuve en la costa y el mar parecía oscuro, furioso y de un color gris iracundo, tan airado y lejano como el cielo de cuyas entrañas emergía luminosidad solo allá a lo lejos, sobre el roquedal donde se vislumbraba el único claro de nubes. Un claro por donde entraba el sol cual mínima luminiscencia de este pequeño orbe que cobija a la abrupta costa norte de la isla… Yo observaba el horizonte sin pensar en nada, salvo en el acontecer inmediato del mar contra las rocas, detenida en ese vaivén levemente estrepitoso y pelágico. El teléfono sonó dos veces pero ni lo miré. Más tarde vi que eras tú quien había llamado. Pero esta tarde me he encomendado al silencio como una cartuja. Por eso te escribo y mañana te llamaré. ¿Te parece bien? Te envío un gran abrazo hasta tu casa.
Como bien escribe Elizabeth Bishop en uno de sus poemas más conocidos, ‘No es difícil dominar el arte de perder…por más que a veces pueda parecernos un desastre.’ A este respecto, he perdido algunas cosas importantes en este camino vital y, a pesar de la rotura interior y la honda pena, la vida continuó aunque ya casi nada fuera igual que antes. Perdí a mi hermana hace menos de un año y le dediqué una entrada titulada “Hasta pronto, querida Landraca”, en mi libro Mañana no seré otra. Fue un enorme quebranto para mí, un gran dolor y extrañeza, porque a pesar de haber perdido a mi abuela paterna y a mi padre (entre otros) y a muchos animales que quise y cuidé; aquellas veces logré llevar mejor el duelo que con mi hermana. Aún la veo en todas partes aunque sepa que solo está en mi corazón, en mi memoria afectiva. Es como un bajo continuo que acompaña mi existencia musical, una especie de réquiem cotidiano.
La segunda gran pérdida, por solo nombrar dos, fue la de un gran amor que dejé atrás hace años porque tuve que elegir entre el amor y “la nada”, y elegí la nada (al contrario que aquel personaje de Faulkner en Las palmeras salvajes, y aunque esa “nada” mía esté llena de contenido y de amores de otro tipo). Elegí la nada por muchos motivos y desencuentros que serían largos de describir y que ya no importan demasiado porque no me arrepiento, y porque ese arte de perder del que habla Elizabeth Bishop, es tal cual ella lo señala al final del poema:
Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto que amo) no habré mentido.
Por supuesto,
no es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces
pueda parecernos (¡escríbelo!) un desastre.
Otro modo de expresar lo mismo que Elizabeth Bishop en esos cuatro versos, sería el de los siguientes dos escritos, ambos de mi libro inédito Existencia fragmentaria:
OU TOPOS
“He contemplado mi pequeño tatuaje con su leyenda en griego antiguo: Ou Topos (Literalmente, Sin Lugar, Utopía. Una especie de Aún-no-Lugar). El ou topos que ya no espera su lugar, su momento de ser, su tiempo de existencia. Su pequeño porvenir un día soñado y ahora descansando en la pura inopia, pues asumir y dar entierro a ciertos estados del ser es normal en esta vida. Se trata de que tras el duelo por lo que no pudo ser, vuelve cierta bonanza; y es necesario que así sea porque todo fluye y todo pasa.”
RECUERDOS
“Oigo música barroca mientras contemplo el cielo azulísimo y tecleo. Hoy, no sé por qué, recordé aquel primer tiempo amoroso, primaveral y anterior a toda tribulación; aquel lapso que pasó por debajo de mi puerta cual un puñado de polvo que se esfuma. Recordé aquellos tiempos y luego pasó el instante igual que pasa la vida, igual que se abren y entrecierran ciclos eternamente; como una flor marchita que se deshoja.”
Termino esta especie de presentación, que no es tal aunque lo sea, con parte de un texto del escrito El paraíso quedó atrás (en el libro Mañana no seré otra). En este fragmento acato esa idea propia del Romanticismo –y tan actual hoy en día-, según la cual somos seres arrojados a un mundo tantas veces hostil, materialista y deshumanizado, donde nos sentimos más bien ajenos y no del todo adaptados. Frente ello, nos refugiamos en la Naturaleza, en las emociones, en el mundo interior, en la propia escritura…
“He puesto velitas por ahí, sales de rosa en el agua de la bañera y unas gotas de aceite de azahar. Qué bien se está aquí dentro, es como el vitelo de mi madre. Lo recuerdo bien, era silencioso y nutricio. La sentía caminar, agacharse, hablar, reír, dormir, latir, llorar… Casi me mata de pena cuando falleció su madre -mi abuela-, aún me quedaba un mes para salir del útero. Las suyas fueron verdaderas convulsiones de dolor y desespero. De pérdida, desamparo, orfandad. Qué agónico es aprender la amniótica tristeza con sólo ocho meses de vida dentro de la matriz, siendo todavía más delfín que humán. Qué agónico llorar con la Madre antes aún de que a una la saquen del vitelo a una sala blanca de luz artificial, boca abajo y agarrada por los pies, como un conejillo recién cazado y asustado que muriera de pena porque ya no verá más su tierra prometida. Porque el paraíso quedó atrás.”

Qué elegante y hermosa presentación. Tus textos, siendo tan personales, siempre me han interpelado. Tu estilo, sencillo y profundo, consigue emocionarme. Seguiré leyéndote con sumo placer. Un abrazo muy fuerte.
He leído los dos libros y me ha gustado mucho su manera de escribir. Esa manera de expresar los sentimientos y pensamientos me parece admirable. Me encanta como se puede sentir su amor hacia los animales y la naturaleza.
Deseando leer ya su próximo libro.