Ciudad de México, 1978.Licenciada y maestra en Estudios Latinoamericanos, con especialidad en Literatura Latinoamericana, por la UNAM. Colaboró con CONACULTA en el proyecto Pueblos originarios de Tlalpan: mitos y leyendas. Historias, tradiciones y costumbres. Es compiladora de la Antología Cuentos desde el fondo (Ed. Monosílabo, 2018). Además, ha escrito entrevistas y reseñas para revistas nacionales e internacionales. En 2020 fue finalista del Concurso Internacional de Cuento Enfermedades, con el relato titulado Escaleras de emergencia y en 2022 fueron grabados para radio UNAM poemas inéditos que conforman dos de sus poemarios en ciernes. Desde hace 10 años, dirige el taller de lectura y creación literaria Desde el fondo, que también imparte en línea. La obra que aquí se presenta es su primera novela publicada.

Vivo en Ciudad de México, en la alcaldía Tlalpan, un lugar donde aún el silencio de algunos bosques y la vida urbana conviven. Tengo 47 años y estoy casada con un catalán.

No aprendí a leer a los cuatro años ni devoré libros en mi infancia. Fui una alumna irregular: faltaba mucho al colegio y no lo disfruté. Tal vez por eso llegué tarde a la lectura. A los seis años apenas lograba deletrear, con una torpeza que parecía ajena a cualquier vocación literaria. También me costaba hablar y expresarme; no era la niña que cuenta historias, sino la que guarda silencio.

Comparto esto porque suele creerse que los escritores nacen con una facilidad innata para las palabras y no siempre es así. Mi relación con la lectura comenzó lentamente, a destiempo, a diferencia de aquellos autores precoces. Pero cuando a los ocho años algunos libros se cruzaron en mi vida, el mundo se abrió con más posibilidades. Desde entonces, leer y escribir fue una manera de comprender aquello que no sabía nombrar.

Estudié la maestría en Letras latinoamericanas, en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y trabajé como becaria en el Instituto de Investigaciones Filológicas de esa misma institución. Allí descubrí la importancia de la teoría, el valor de la crítica y de la conversación con maestros que motivaron mi aprendizaje. Más tarde impartí clases en secundaria y en la universidad; la academia fue un territorio fundamental y un punto de partida. Después descubrí que necesitaba otro tipo de espacio: uno donde la literatura dialogara con la vida cotidiana, con lo que sentimos en el cuerpo y con lo que callamos.

De esa búsqueda nació Desde el fondo, mi taller de lectura y creación literaria. Un taller independiente donde mezclo lo académico con la experiencia diaria: la teoría no se queda en el papel, se prueba en la práctica y en las historias reales de quienes escriben. Once años después, Desde el Fondo sigue siendo mi sitio más fértil: un puente entre lo aprendido en la academia y lo que descubro cada día en la convivencia con los demás.

Mi mayor afición es comer. Comer bien, despacio, con gusto. Disfruto cada comida como un pequeño ritual, acompañada —cuando se puede— de mis amigos, de mi familia o simplemente de mí misma. Siempre hay algo que la completa: una buena conversación, un café que abre la tarde o el silencio amable de estar a solas disfrutando de los sabores. Me gusta escuchar música, leer, impartir clases y aprender de todos.

Me fascina observar la naturaleza y los animales. Disfruto de la docilidad del lomo de mi yegua, que me permite prestar atención al bosque desde ella. Desde esa perspectiva todo cambia, el mundo se vuelve otro y yo regreso a él, identificada. Por la tarde, observo a mis perros y a mis gatos; me gustaría aprender a mirar con sus ojos es una de mis pequeñas formas de filosofía cotidiana. Cuando disfruto al cien por ciento de estas aficiones, todo se vuelve irreconocible y discretamente asombroso.

El rasgo más sobresaliente de mi personalidad es mi capacidad de transformar la vulnerabilidad en fuerza creativa.

La verdad es que nunca decidí ser escritora. No hubo un día en que pensara: «quiero ser escritora». La escritura llegó como una necesidad vital, casi como una urgencia corporal. Empecé a escribir para reencontrarme conmigo misma, para mirar de frente las heridas, para reacomodar el dolor y darle sentido. Escribo también para volver a escuchar las voces y las presencias que me amaron y que, de alguna manera, todavía me acompañan. Más que una decisión, la escritura ha sido un modo de conectar con la vida.

De entre mis autores favoritos, me gustan Franz Kafka, Juan Carlos Onetti y Ernesto Sábato porque, cada uno a su manera, a través de la exploración profunda de la condición humana retratan esa zona oscura y frágil: el dolor, la culpa, la angustia existencial, la dificultad de comprenderse y de comprender a los otros. Me interesa cómo sus personajes viven en tensión con el mundo, a veces aislados, a veces desbordados por una contradicción que los rebasa, pero los vuelve humanos a los ojos del lector. De Kafka admiro ese modo de crear atmósferas de extrañamiento e incomprensión, así como de orfandad; tanto, que en mi novela dedico un pasaje en homenaje a él. Onetti y Sábato me conmueven por su poética desgarrada, esa voz que revela la herida hostil e indiferente, explorando las profundidades de la desesperación, pero también de la esperanza.

De Kafka me marca esa capacidad para captar la incomprensión y el desconcierto ante uno mismo; esa sensación de ser habitado por algo que no terminamos de entender está en el corazón de mi novela. De Onetti he tomado la mirada que indaga en la oscuridad interior sin agotarla ni explicarla. Ese modo de explorar la herida humana como un territorio vivo. Y de Sábato, ese pulso narrativo que acepta la contradicción, la fragilidad de la identidad, el desorden emocional como parte constitutiva de lo que somos. En los tres autores admiro su capacidad de narrar la fisura: el punto donde el personaje se rompe, se repliega o se descubre. En mi novela, En la oscuridad de su vientre, el silencio, el desdoblamiento y la memoria funcionan justamente como esos lugares en los que el personaje se enfrenta a sí mismo.

En la oscuridad de su vientre, de claudia fulgencio

Me resulta difícil decir que una obra me haya gustado más que todas las que he leído. Cada libro tiene su propia singularidad y despierta formas de amor distintas: algunos me conmueven por su lenguaje o estructura, otros por la hondura emocional, otros por la manera en que abren una pregunta. Más que elegir una obra favorita, pienso en las que me han acompañado en distintos momentos de mi vida y que, por razones muy particulares han dejado huella. Son libros que regresan a mí porque me obligan a cuestionar algo, a mirar de otra manera o a reconocer una emoción que no sabía nombrar. De mi propia cosecha, como solo he escrito una novela, En la oscuridad de su vientre, es naturalmente, mi favorita por simple justicia. Es mi primera obra publicada y la que abrió este camino que ahora sigo recorriendo.

Mi estilo nace de un maridaje entre la narrativa y la filosofía. Creo que la filosofía potencia la literatura: le da profundidad, la obliga a mirar lo humano desde un ángulo más hondo, más vivo. Al mismo tiempo, me muevo dentro de una narrativa psicológica e introspectiva, donde los conflictos internos, la memoria y el silencio tienen un peso decisivo. Pero, sobre todo, escribo desde la narrativa de la corporalidad. El cuerpo —sus gestos, sus heridas, su intuición— es el territorio donde se origina mi escritura. Ahí es donde encuentro la voz que necesito para contar lo que importa.

«El verdadero contacto entre los seres solo se establece en la presencia muda, en la aparente no comunicación, en el intercambio misterioso y sin palabras que se asemeja a la plegaria interior». E. M Cioran

En este momento trabajo en varios proyectos que avanzan a su propio ritmo. Estoy por concluir un poemario. Además, coordino y escribo la antología de cuentos Más allá del fondo, un proyecto colectivo que nace de mi taller literario y que reúne voces y miradas muy diversas. Recientemente escribí una obra de teatro, que en este momento se encuentra en proceso de revisión y en vistas de ser publicada por la editorial.

Para mí, el mundo no es una serie de hechos externos, sino un tejido de experiencias que pasan primero por la piel y después por el pensamiento. No miro desde la distancia: miro desde dentro.

Leo la realidad a través de los gestos, de lo que calla, de lo que late. Me guío por la intuición tanto como por la reflexión. Creo que el cuerpo recuerda lo que la mente olvida, y que ahí se esconde la verdad más íntima. Sé que lo que parece cotidiano siempre guarda un borde misterioso, así como esperanzador.

Entre mis proyectos inmediatos se encuentran seguir fortaleciendo mi taller de lectura y creación literaria Desde el fondo, concluir con las presentaciones de mi novela después de un año intenso de actividades literarias en torno a su difusión en diversas Ferias Internacionales del Libro, así como en universidades y medios de comunicación locales. También me interesa abrir más espacios donde la lectura y la escritura entren en diálogo con la vida cotidiana. Continúo formándome a través de cursos y talleres creativos con distintos escritores. Me gusta mantenerme actualizada y fortalecer mi trabajo para ser cada vez más eficiente en lo que hago.

En lo personal, busco dedicar más tiempo a la lectura, a lo que me sostiene: mi familia, la naturaleza, mis animales, mis amigos y a ese ritmo más íntimo que me permite escribir con mayor autenticidad.

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